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Es por este motivo que nos estamos volviendo más hipersensibles a las adversidades del día a día, y algunas son muy minúsculas, porque, cuanto más control consigo, más control deseo.
El azar es aparentemente homogéneo, pero en realidad no es así, se mueve por rachas dentro de su caos, pero no se distribuye de una manera homogénea.
Pongamos un ejemplo. Un jugador tira al aire una moneda. Si sale cara recibe un euro. Si sale cruz lo paga él. De salida cuenta con diez euros para apostar. Si juega hasta el infinito caerá en la bancarrota independientemente de cuales hayan sido sus ganancias en un determinado momento del juego. Esto ocurrirá por que si en alguna de las rachas negativas llega a cero euros, no tendrá capital con el que seguir apostando y tendrá que dejar de jugar. Pero no os preocupéis, para eso se inventaron las líneas de crédito de los casinos.
Creemos que si tiramos una moneda cuatro veces al aire y en las cuatro ha salido cruz hay más posibilidades de que salga cara en la quinta, pero en realidad es la misma posibilidad, por lo que acabamos apostando en base a una ilusión, una fantasía que nos da una confianza irreal. Y no conviene desdeñar esto, puesto que esta fantasía ha arruinado a muchos y muchas, tanto económicamente como emocionalmente.
¿Y qué tiene que ver aquí la vida emocional? Muchas personas se han enamorado alguna vez de alguien que tenía un comportamiento aparentemente correcto, ilusionante. Te ha salido cara. Pero de repente cambia y empieza a comportarse de una manera que provoca dolor y sufrimiento. Te ha salido cruz. La racha se alarga en el tiempo, pero tiene que cambiar, ¡yo le conocí siendo de otra forma! Algún día cambiará mi suerte y volverá a salir cara.
Obviamente siempre tirará de la línea de crédito emocional, de la cual los intereses pasarán a nutrir al maltratador, creando dependencia en el maltratado.