domingo 6 de julio de 2008

Había una vez en el antiguo Japón, un viejo samurai , ya retirado que se dedicaba a enseñar el arte de la meditación a sus jóvenes alumnos. A pesar de su avanzada edad, corría la leyenda que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario.
Cierto día apareció por allí un guerrero con fama de ser el mejor en su género. Era conocido por su total falta de escrúpulos y por ser un especialista en la técnica de la provocación. Este guerrero esperaba que su adversario hiciera el primer movimiento y después con una inteligencia privilegiada para captar los errores del contrario atacaba con una velocidad fulminante. Nunca había perdido un combate. Sabiendo de la fama del viejo samurai, estaba allí para derrotarlo y así aumentar su fama de invencible.
El viejo aceptó el reto y se vieron en la plaza pública con todos los alumnos y gentes del lugar. El joven empezó a insultar al viejo maestro. Le escupió, tiró piedras en su dirección, le ofendió con todo tipo de desprecios a él, sus familiares y antepasados. Durante varias horas hizo todo para provocarlo, pero el viejo maestro permaneció impasible.
Al final de la tarde, exhausto y humillado, el joven guerrero se retiró.
Los discípulos corrieron hacia su maestro y le preguntaron cómo había soportado tanta indignidad de manera cobarde sin sacar su espada, asumiendo el riesgo de ser vencido.

-Si alguien te hace un regalo y tu no lo aceptas, ¿a quién pertenece ese regalo? -preguntó el samurai.
-A quién intentó entregarlo -respondió un discípulo.
-Pues lo mismo vale para la rabia, la ira, los insultos y la envidia -dijo el maestro-, cuando no son aceptados continúan perteneciendo a quien los cargaba consigo.

domingo 29 de junio de 2008

La luz


Marta no podía ver. No tenía ningún problema físico, sus ojos estaban perfectamente, pero no había luz a su alrededor. Vivía totalmente a oscuras. No sabía qué aspecto tenía porque al no tener luz, los espejos no reflejaban nada en absoluto. Pensó, que la solución a su problema era encontrar una luz brillante y bonita que la acompañara siempre. Con ella sería capaz de salir a la calle sin miedo, le permitiría ver las calles y las gentes que se mueven en ellas. Una bonita luz brillante la haría sentirse especial y segura, estaba convencida de que había conseguido encontrar la solución.

Decidió salir a la calle, muerta de miedo, pero no importaba, la encontraría y el miedo y la soledad desaparecerían. Había muchas luces en la calle, había algunas luces que no eran especialmente bonitas por fuera, pero si te acercabas a ellas, producían una sensación de luz y de calma. A Marta no le parecían interesantes, se sintió rápidamente atraída por las luces brillantes, mucho más bonitas, a las que, si te acercabas demasiado, quemaban, pero no le importó. Decidió que iría con cuidado, y ella no se quemaría, la cuidaría bien hasta que la luz siguiera siendo brillante y bonita pero dejara de quemar. Así, se llevó la más brillante que encontró a su casa. Al entrar en casa, todo se iluminó y le pareció la casa más bonita del mundo, se sintió muy a gusto, cómoda, y una gran sensación de alegría la inundó. Se sintió muy satisfecha de sí misma, y pensó “conseguiré que deje de quemar y seré muy feliz”. Los días pasaban, y la luz, cada día quemaba más, perdiendo su brillo inicial, lo que permitía ver un interior oscuro y feo. Marta, cuanto más quemaba la luz y más fea se volvía, más se esforzaba en cuidar la luz, pero sus esfuerzos eran inútiles. Tanto la cuidaba que el brillo la cegó de tal manera que se sentía incapaz de salir a la calle. Cuanto más tiempo pasaba, estaba más y más decepcionada, se sentía triste por su culpa, por su poco diligencia, la luz se estaba apagando y su casa volvía a sumirse en la oscuridad.

Un día se levantó y ya no había más luz. ¡¡Se había esforzado tanto!! No había servido de nada, seguía a oscuras y muy triste, había fracasado en el cuidado de la luz. ¿Cómo podía haber sido tan tonta? Volvería a salir, esta vez funcionaría. Volvió a casa con una nueva luz brillante, pero volvió a suceder lo mismo que con la primera. Su desesperación era tan grande que creía que se moriría de la pena. Cuando reunió fuerzas, volvió a salir a la calle y se encontró con una chica. Esta chica no llevaba ninguna luz con ella, pero veía perfectamente porque parecía que la luz estaba en su interior. Marta sintió una gran curiosidad y se acercó a ella: “Perdona, ¿cómo has conseguido esa luz? ¿dónde puedo encontrar una luz como la tuya?, he buscado en todas partes y sigo a oscuras...” La chica le contestó “Estás buscando fuera de ti, algo que tú tienes y que eres incapaz de ver. La luz está en tu interior y ni siquiera te das cuenta. Estás tan preocupada en buscar la luz perfecta que no eres capaz de apreciar la luz que tú misma desprendes. ¡Hasta yo la veo!”

Marta le contestó “¿Qué estás diciendo?, ¿no ves que estoy a oscuras?, ¿de qué luz me hablas? Está bien, si no quieres decirme dónde has conseguido la tuya, vale, pero no vengas con gilipolleces. ¡Yo no tengo luz, nunca la he tenido y nunca la tendré!”

Y volvió a casa muy enfadada. Allí, en su oscuridad, pensó en aquella chica, ¡qué mala!, ¡qué egoísta!, ¿estaba loca?. Yo no tengo luz, cómo voy a tener luz, no he sido capaz de cuidar ninguna de las que he tenido, con lo torpe e inútil que soy, cómo voy a tener luz, es totalmente imposible. Todos los que ella conocía o estaban a oscuras o intentaban encontrar una luz, que les duraba más o menos pero no había conocido a nadie que le tuviera o, al menos, no se había dado cuenta de que la tuviera. A partir de ahora saldría más y miraría a su alrededor, quizás no había observado bien y alguien más tenía luz propia, tenia que descubrirlo.

Al día siguiente ya no salió en busca de ninguna luz se dedicó a observar y ver a la gente y para su sorpresa, no todas llevaban una luz consigo, algunas tenían luz propia. ¿Cómo había podido estar tan ciega? Cómo no se había fijado nunca en eso. Tenía que encontrar a aquella chica, quería saber cómo sacar su propia luz, quería hacerlo, pero por más que se esforzaba no lo consiguió. Buscó y buscó a aquella chica hasta que un día la volvió a encontrar: “Perdona, oye, me he estado fijando y hay más gente como tú, quiero ver mi propia luz pero no consigo hacerlo, ¿qué debo hacer?. La chica le contestó: No ves tu luz porque no te has molestado en mirarte siquiera. Crees que no eres lo suficiente buena como para tener luz propia. Todos son capaces de verla menos tú, porque no te has mirado. ¿Sabes siquiera qué aspecto tienes? .

Marta le contestó: “No, nunca creí que fuera importante saber qué aspecto tengo”. La chica le dijo: “Tienes que creer que tienes luz, saber que eres capaz de producir la suficiente para no vivir a oscuras y pensar que ninguna luz que encuentres podrá iluminarte porque sólo tu propia luz permitirá que te veas y seas capaz de ver a los demás. A partir de ese día no te dará miedo salir a la calle, no pensarás que la gente te mira porque vas a oscuras, porque tu luz será capaz de darte el calor y alegría suficiente para que no necesites buscarla en los demás.

Marta volvió a su oscura casa y empezó a pensar en lo que le había dicho aquella chica. Cada día hacía un esfuerzo para mirar en su interior y buscar su luz, no sabía cómo hacerlo, estaba perdida pero estaba decidida. La encontraría, si estaba allí la encontraría.

Un día se levantó y su casa ya no estaba tan oscura, era capaz de ver un metro a su alrededor, estaba tan contenta, lo estaba consiguiendo. Desde entonces Marta se levantaba cada día iluminando un poquito más. Algunos días vuelve a desconfiar y su casa se vuelve oscura de nuevo incluso , algún día se siente tan cansada que le tienta la idea de volver a la calle a buscar una luz brillante y acabar con tantos esfuerzos. Pero, cuando pasan unos días recuerda que ya lo intentó y que buscar fuera la luz que tú misma posees nunca va a proporcionarte la paz que necesitas. Por eso sigue y sigue luchando por encontrar su propia luz y está convencida que algún día la encontrará.

Marta

20 de noviembre de 2002

lunes 23 de junio de 2008

Rutina


- Mira, si hay algo que no soporto es cuando descubro que mi vida es una rutina, algo predecible que le quita la chispa de la vida... y ahora estoy en ese momento, no sé qué hacer.
- Tal vez deberías cuestionártelo desde un punto de vista diferente...
- ¡Tú y tus comentarios con trampa! ¿de qué va esta vez? No me irás a decir que la rutina es positiva...
- Desde luego eso depende de la rutina de la que hablemos. Las personas necesitamos controlar nuestra realidad, saber qué es lo que va a ocurrir, eso nos da seguridad y tranquilidad. Lo que no es sano, al menos para una inmensa mayoría de personas, es tener una vida rutinaria, como la del protagonista de "Más extraño que la ficción".
- Desde luego, vaya bodrio de vida. Eso es lo que ocurre cuando pierdes el control por desear seguridad: sólo consigues monotonía y soledad.
- Sí, pero seguramente es porque no puedes disfrutar de pequeñas cosas, matices que distinguen una rutina de otra. Por ejemplo, si cada día haces el mismo camino, seguro que si buscas con ganas encontrarás detalles que lo harán diferente. No en vano es imposible que tu vida no se componga de rutinas.
- Pues la verdad es que no sería un mal objetivo vital. ¡Una vida sin rutinas!
El psicólogo se quedó pensativo y finalmente dijo:
- Cuando era joven tenía un amigo que era muy perspicaz, y pude asistir a una conversación que mantuvo con otro amigo. Este último decía algo muy parecido a lo que tú dices, que no soportaba las rutinas, y que cuando detectaba una la tenía que romper. El problema es que el otro le contestó que nunca conseguiría su objetivo.
- ¿Y puedo saber porqué?
- Por que siempre tendría la rutina de romper rutinas.

miércoles 18 de junio de 2008

Fin de curso

Mañana jueves día 19 vuelve a cerrarse un ciclo, todos los alumnos del ISPC en el que trabajo de enero a junio "tiran la gorra", o lo que es lo mismo, se licencian. Para la mayoría han sido nueve meses en los que han acumulado un montón de conocimientos, y modestamente espero que yo haya sido el responsable de alguno de ellos. Para otros ha sido una frustración, un período en el que no han superado el curso de formación básica (CFB) y que, seguramente, se sentirán muy frustrados, puesto que son nueve meses de esfuerzo y muchos sacrificios.
Mi experiencia laboral en esta institución es de 10 cursos, he visto aprobar y suspender a mucha gente, he tenido buenas secciones y malas secciones, pero puedo asegurar que este curso, el CFB 07/08 ha sido en el que me he sentido más afortunado a todos los niveles.
Empezando por los instructores, he de reconocer que he tenido discrepancias con los cinco, algunas de estas discrepancias han sido muy profundas, pero nunca podré agradecer lo suficiente lo respetuosos, colaboradores y sinceros que han sido conmigo, tanto a nivel profesional como a nivel personal, pero sobre todo les quiero agradecer la humildad que me han enseñado. Gracias Marta, Ernest, Ricard, Álex y Joan.
Los profesores han sido un lujo, y no tengo ningún motivo de queja de ninguno de ellos, sus comentarios siempre han sido interesantes y me han enseñado muchas cosas, siempre se han mostrado respetuosos y colaboradores, y aportando puntos de vista que aclaraban conceptos y discrepancias. Todos han sido un modelo de tolerancia.
Por último y no por ello menos importante los "alumnos". Puedo decir que han sido le mejor combinación de secciones que he tenido. Hay nombre de alumnos que no olvidaré por poder mantener con ellos conversaciones muy interesantes y en las que me han enseñado aspectos que hasta el momento no había valorado. Todos han aceptado con respeto mis aportaciones, y muchos y muchas me han regalado el placer de ver una evolución positiva, me han permitido disfrutar de sus procesos de aprendizaje, y aunque no me crean, me han hecho más llevadero el CFB. Gracias a todos. A18, B0, B14, C6 y C17.
Sólo me queda hacer referencia a los que han suspendido el curso, todos han sido un modelo de aceptación de la crítica cuando se la he realizado, y no puedo decir que ninguno de ellos no haya hecho todo lo posible por aprobar. Estoy seguro que lo conseguirán si vuelven, y si no desean probarlo otra vez, estoy seguro que pueden encontrar éxitos en sus vidas, puesto que a través de la tolerancia se consiguen los mejores aprendizajes.

Abrazos y los mejores deseos

domingo 15 de junio de 2008

Altruismo

Cada mañana he de realizar la misma rutina para llegar al trabajo, y mi empeño se centra en que tenga buenos momentos, que esté llena de pequeños placeres. Hay uno que destaca sobre los demás, supongo que por estar formado de muchos detalles sutiles, de otros pequeños placeres. Se trata del paseo de 15' que realizo desde la estación de tren Sant Andreu Comtal hasta la comisaria donde se realizan las entrevistas.
Realmente son quince minutos pero podría reducirlos a diez si quisiese, consiguiendo así aumentar mis niveles de estrés de primera hora de la mañana, pero prefiero llegar relajado, escuchando música.
Cada parte del paseo tiene su encanto, por ejemplo, a la salida de la estación te encuentras una zona que parece más bien la de un pueblo de los alrededores, que de la "Gran Ciudad". Luego llego a la plaza de la Orfila y encaro el Paseo de Torras y Bages, que sobre las 7:45h empieza a tener movimiento de gente pero sin agobiar, los comercios están abriendo y las panaderías inundan la calle con el aroma del pan recién hecho y, sobre todo, ¡de las pastas recién hechas! Este olor dulzón a mantequilla hace que me recree en cada uno de los semáforos en que tengo que esperar. He de confesar que cambio de lado de la acera por la que voy en función de la ubicación de estas panaderías.
Además, el contacto con el sol es todavía agradable a estas horas de la mañana, sin dar demasiado calor ni cegar la vista.
Desde luego todo esto sirve para preparar la entrada a la comisaría, siempre anticipando que me pueda tocar un compañero de entrevistas con el que me lleve bien y que haga las siete horas más disfrutables, y con un poco de suerte, me tocará un aspirante, de los cuatro diarios, que resulte ser una persona interesante de conocer y que, en definitiva, nos regale 40 minutos de agradable conversación, cosa que, lamentablemente, es cada vez menos habitual.
Y en todo esto, el otro día tuve un regalo, inesperado, como han de ser los buenos regalos.
Cuando estaba a punto de pasar la última panadería del último semáforo, alguien desconocido se atrevió a sacarme de mi ensimismamiento. Era un hombre de unos 40 años que me decía algo. Yo me quité el auricular dispuesto a decirle que no llevaba dinero para darle..., pero me hizo un regalo. Me permitió cuestionarme mi prejuicio.
Me pidió que le ayudase a cruzar la calle, "es que soy disminuido psíquico, y me da miedo" me dijo, y juro que usó esa expresión.
Ante la sorpresa que me llevé acerté a reaccionar, giré y le ofrecí mi brazo derecho y procedimos a cruzar el paseo Torras y Bages y luego la calle palomar.
Fue un encuentro breve, brevísimo, y me dijo que la gente había cambiado, y que a veces tenía que esperar mucho hasta encontrar alguien que le ayudase. Al despedirse me dedicó una sonrisa de esas profundas, ¡y me dijo que se notaba que yo era una buena persona!
Segundo regalo. Siempre he creído que el altruismo no existe, siempre se obtiene algo a cambio de lo que haces. Las mejores recompensas son las que se otorgan de corazón, y estoy seguro que esta persona desconocida que me hizo dos regalos en una mañana no era disminuida emocional.
Fermín Romero de Torres, personaje inolvidable de "La Sombra del Viento" decía con razón:
" Los regalos no son un mérito de quien los recibe sino un placer de quien los regala"