lunes, 25 de mayo de 2015

El Rey Sol

- La convivencia se me hace muy dura con él. Al principio parece una persona afable, sencilla, pero a medida que lo vas conociendo te das cuenta que no, que todo es una lucha, ¡todo! Y claro todo eso resulta muy cansino.
- ¿Cuánto tiempo lleváis de relación?
- Seis años y medio.
- ¿Cuánto hace que estás cansada?
- Creo que la situación se me empezó a volver insoportable hace tres años.
- ¿Volver insoportable?
- Sí, al principio todo es de rosa, maravilloso, como todas las parejas, pero luego empiezas a darte cuenta de que no todo es así y se comienza a deshacer el espejismo.
- ¿Y eso pasó en tres años?
- Sí. Yo recuerdo que un día habíamos tenido un roce, uno de tantos, y que yo estaba un poco afectada, supongo que porque ese roce lo tuvimos delante de unos amigos y eso no me gusta. Entonces uno de sus mejores amigos me vio seria y me dijo que entre ellos le llamaban "el Rey Sol".
Cuando le pregunté por qué le llamaban así, me dijo que porque siempre quería tener la razón y era el que creía saber más.
- Vaya. A mi me suena más a que desea ser el centro de atención constantemente.
- Claro. Pero de eso me di cuenta luego, porque él no lo hace de manera evidente, es muy sutil.
- ¿Cómo lo hace?
- Lucha por todo, por todo. No hay detalle en el que se rinda. Supongo que eso es lo que le ha llevado al punto profesional en el que se encuentra, es uno de los abogados más conocidos en su especialidad.
- ¿Cómo lucha?
- Tenazmente, hasta las últimas consecuencias. A veces no sabe parar y te avasalla y no te deja respirar hasta salirse con la suya, por agotamiento. Pero al principio no era así, era más sutil aunque igualmente tenaz.
- ¿Cómo?
- Al principio era como el Guadiana. Sacaba los temas cada cierto tiempo, desde diferentes puntos de vista y como quien no quiere la cosa, buscando pillarte con la guardia baja para que cediese o para que le diese un nuevo matiz con el que negociar en el futuro.
- ¿Por qué no le paraste los pies?
- Porque no te das cuenta. Piensas que es una persona segura de sí misma, cuando en realidad no es más que un rígido de mierda que no sabe adaptarse a las necesidades de los demás. Lo que sí que sabe hacer, y ahora me he dado cuenta de ello, es hacer que los demás hagan suyas sus necesidades, supongo que por eso insiste tanto, acaba confundiéndote. 
- ¿Y cómo lo vas a hacer?
- No lo sé. Si es así en pareja, como supuesto aliado, no quiero pensar qué debe ser capaz de hacer como enemigo. No tolera fracasos, y que yo le deje no es una opción, porque ya se separó de una mujer y la volvió loca, literalmente. ¿Algún consejo?
- Te diría que antes de pedir audiencia para hablar con el Rey Sol busques un buen abogado, uno que no le tenga miedo, así estarás asesorada y sabrás qué te conviene decir, hacer y que no.
- Eso me costará mucho dinero...
- ¿Vale la pena? Porque uno necesita muchos recursos para distanciarse del poder gravitatorio de un Astro como este, y ese dinero te lo puedes gastar en abogados o en salud física y mental.

lunes, 18 de mayo de 2015

Límite de influencia

Lo que nos define como seres sociales es la capacidad que tenemos para influir en nuestro entorno social. Obviamente nosotros somos también influenciables, pero la patología y el sufrimiento que se derivan de esta última opción no son el objetivo de análisis de este post. En esta ocasión nos centraremos en el sufrimiento que nos puede ocasionar el intento de influir en los demás.
¿Puedo sufrir por mi capacidad de influir en los demás? Por supuesto, y se puede sufrir a corto, medio y largo plazo, siendo esta última la peor de las posibilidades por el enorme desgaste que implica. Pongamos un sencillo ejemplo:
A es una persona inteligente (estilo de procesamiento cognitivo abstracto y todo eso) y se enamora de B. Además de inteligente, A tiene baja autoestima, y eso le lleva a creer que no merece la atención, el amor, y sobre todo el respeto de B a menos que haga algo para merecerlo.
¿Cómo puede buscar una persona ser merecedora del respeto de otra? A través del sacrificio. A comienza a sacrificarse para que B esté mejor. Eso en primer lugar, posteriormente, cuando A pueda poner en juego toda su capacidad de observación y análisis y descubra que B puede crecer, progresar, evolucionar (o madurar) se sacrificará para que B sea esa persona que A ve que podría llegar a ser.
¿Dónde está el problema? Básicamente en que en cada relación que mantenemos, ya sea de pareja, amistad o lo que sea, el otro nos marca un límite de influencia. Este límite no es un capricho, es una necesidad para mantener la integridad de la propia identidad. El peligro está en que A se obsesione en promover cambios más allá del límite de influencia que le marca B y esto acabe en una espiral de persecución y huida que esclavice a los dos porque B no desea convertirse en aquello que A ha creído ver que podía ser.
¿Por qué deriva esto en una espiral? Porqué aunque ninguno de los dos lo sepa conscientemente, quieren buscar un equilibrio que el otro se niega a aceptar, y esto hace que las tensiones se confundan con los deseos.
¿Cómo se resuelve este nudo gordiano? Tal vez sólo podamos plantearnos la opción de Alejandro Magno, ya que nadie ha propuesto otra. A menos que sea la prevención, aprender a reconocer el límite de influencia propio y el que nos permite el otro para evitar sufrimientos innecesarios.

lunes, 4 de mayo de 2015

Búscate un gurú

- Lo que yo necesito es una guía, unos consejos prácticos sobre qué he de hacer cuando me encuentre en estas situaciones, para así evitar el sufrimiento.
- Ya...
- Tendréis de esto, ¿no?
- Supongo que algo podría llegar a hacer, pero no tengo claro que valga mínimamente la pena...
- ¿Por qué?
- Porqué eso sería limpiar la superficie del problema. No digo que no sea deseable, pero creo que tenemos que buscar un poco más profundamente y, en la medida de lo posible, lograr que seas tú misma quien logre elaborar sus propias estrategias, ¿no te parece?
- Eso suena muy bien, pero llevará mucho tiempo y yo quiero estar bien, a poder ser rápido. Si conseguimos eso no tengo problemas en seguir haciendo terapia...
- Suena como si estuviese pasando una prueba y el premio fuese que hicieses terapia conmigo.
- Puede sonar así. La verdad es que he ido a unos pocos antes y el problema es que hay un punto en que te dejan sola ante el mundo, indefensa, y te dicen que lo que hay que hacer es seguir, pero no es lo que yo necesito...
- Bueno, pues parece que lo que necesitas no es un psicoterapeuta.
- ¿No? ¿Qué necesito?
- Parece que un gurú.
- Yo creo en la terapia...
- La terapia no es una religión. La terapia no tiene respuestas a las preguntas de nadie, por lo general tiene, y plantea, más preguntas a las que tú traigas.
- Pero eso no da seguridad.
- Bueno, la seguridad no la puedes encontrar fuera de ti de una manera sana porque entonces se genera una relación de dependencia y la psicoterapia busca generar autonomía...
- Dices gurú con cierto desprecio.
- Supongo que sí, no lo puedo evitar. Supongo que la impresión que tengo de los gurús no es muy favorable.
- ¿Por qué?
- Me parecen personas muy inseguras que buscan gente que esté insegura en otro plano para cubrir sus necesidades de reafirmarse. Supongo que cuando uno está dispuesto a sacrificarse puede encontrar a alguien que esté dispuesto a aprovechar ese sacrificio.
- Yo no lo veo igual, me parece perfecto tener una especie de ayuda a la que poder acudir el resto de mi vida.
- ¿Cómo un bastón?
- Correcto.
- Ten cuidado porque caminar con bastón produce dolores en otras partes del cuerpo.
- ¿Por qué?
- Porqué no es natural. Lo natural es ser autónomo y no necesitarlo si no lo necesitas.
- No sé...
- Piensátelo y si quieres hacer terapia me llamas.
- ¿Me podrías pasar el teléfono de alguien de tu confianza?
- ¿Un gurú?
- Sí, uno de esos.
- Ningún gurú me inspira confianza. Te deseo suerte.