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domingo, 26 de agosto de 2018

It's not my duck, it's not my bottle (Dietland)

Hay dos tipos de personas: quienes tienden a responsabilizarse de lo que no les toca y quienes tienden a no responsabilizarse de lo que les toca.

Para ambos es muy útil este fragmento de la serie Dietland (2018) en la que una de las protagonistas explica el cuento del pato en la botella como ejemplo de qué ha de responsabilizarse y de qué no:



Es indescriptible la sensación de felicidad que se sentimos cuando descubrimos que somos libres de una carga que nos hemos impuesto. Atrévete a sentirla.





lunes, 30 de noviembre de 2015

Esto, también pasará

Las palabras son la forma que tiene nuestra mente de expresar las ideas necesarias que permiten gestionar adecuadamente las circunstancias de la vida. 
Éstas, no son nunca de todo controlables, pero nuestra actitud sí. 
Nuestra actitud marca las condiciones con las que decidimos afrontar aquello que la vida nos presenta, por lo que una buena actitud, aunque no te garantiza el éxito, reduce el fracaso, mientras que una mala actitud, aunque no te garantiza el fracaso, sí que minimiza las posibilidades de éxito
Dicen que un rey llamó al consejo de sabios de su corte por que deseaba saber que frase le podría ayudar a gestionar las adversidades, y los éxitos, de una campaña militar que estaba por llevar a cabo. Quería que le grabasen la frase en un anillo que siempre llevaría consigo, así podría consultarla en los buenos y los malos momentos.
El consejo de sabios se reunió y le dieron un anillo en el que estaba grabada la frase "Esto, también pasará"

Y sí, lo bueno pasa, lo malo también. Nosotros decidimos con nuestra actitud cuánto vamos a permitir que nos afecte, y cuánto estamos dispuesto a pagar por ello. Pero, si recordamos que todo pasa, tal ves ni nos afecte para siempre ni paguemos precios desorbitados...

lunes, 29 de junio de 2015

El rey Luna (o reina Luna)

- Si te propusiera apostar 20€ a si eres capaz de encontrar la posición de la luna y señalarla con el dedo en una noche sin nubes en menos de cinco segundos, ¿apostarías?
- Por supuesto.
- ¿Por qué?
- Porque una luna llena en una noche despejada es relativamente fácil de encontrar.
- ¿Por qué te lo parece?
- Porque la luna brilla mucho más que las estrellas y destaca en plena noche.
- Entiendo... ¿La luna tiene luz propia?
- Claro que no, sólo refleja la luz del sol.
- O sea, necesita aprovechar la luz de otro astro para poder brillar...
- Ya veo...
- Cambiemos de apuesta. Si te propongo apostar 20€ a si eres capaz de encontrar y señalar la luna llena a plana luz del día, ¿apostarías?
- Creo que no. Durante el día la luna pasa más desapercibida en el cielo.
- ¿Por qué?
- Porque la luz del sol es más intensa y tapa la que ella refleja, difuminándola en el cielo diurno.
- ¿Qué necesita la luna además de un astro que le dé luz?
- Necesita que haya oscuridad a su alrededor. Necesita luz de otro astro para brillar pero también necesita que todo esté oscuro...
- ¿Muchas condiciones?
- Sí, claro...
- Bueno, pues creo que te puedes hacer una idea de cómo funciona esa personilla que me comentas...

http://elprofedefoto.com/trucos-para-hacer-fotos-a-la-luna


lunes, 30 de septiembre de 2013

Abstraer al concreto

Pedro compartía vida con su gato desde hacía unos cuantos años y se sentía muy unido a él. Por motivos de trabajo tuvo que viajar un par de semanas, y como no quería dejar el gato con cualquiera, le pidió a su hermano que lo acogiese en su casa durante su ausencia. El hermano aceptó sin problemas, pese a ello Pedro le recordó lo muy unido que se sentía al gato y que quería que tuviese el mejor trato posible.
Pasada una semana de convivencia con el hermano, el gato, durante una de sus excursiones de exploración por los alféizares de las ventanas, cayó a la calle y murió.
Ahora el hermano tenía ante sí la dura tarea de llamar y comunicar la muerte de un ser querido.
- Hola Pedro, mira, llamo para decirte que gato ha muerto.
- ¡¿Qué?! ¿Qué ha pasado?
- Pues que se ha muerto. Salió a la ventana y se cayó.
- ¡Joder! Pero esto no me lo puedes decir así, tan bruscamente...
- ¿Y cómo quieres que te lo diga? El gato ha muerto. Es lo que te tenía que decir.
- Sí, claro, pero podías haber preparado el terreno. Por ejemplo, podías haberme dicho que el gato estaba en casa y que estaba curioseando por la ventana, y que la ventana estaba abierta. Entonces el gato dio un mal paso y cayó a la calle. Con tan mala suerte que como tu vives en séptimo piso no sobrevivió a la caída a pesar de que le llevaste corriendo a un veterinario. De esa manera hubieses recogido mucho mejor mi dolor, ¿me entiendes?
- Creo que sí.
Pasados unos meses de la muerte del gato murió la abuela de ambos. La familia pidió al hermano que se lo dijese a Pedro, que estaba de viaje y que tenía una relación muy especial con la abuela.
- Hola Pedro.
- Hola, ¿qué tal todo?
- Bueno, para eso te llamaba... Mira, es que la abuela estaba curioseando por la ventana...

En ocasiones no es suficiente con que asegurarnos de que el mensaje sea oído, también hemos de asegurarnos de que ha sido comprendido.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Aprender todo lo que pueda aprender



Había una vez una mujer que se retiró a una cueva en las montañas con un gurú. Quería, decía ella, aprender todo lo que pudiera saber. El gurú le dio montones de libros y la dejó sola para que pudiera estudiar. Cada mañana, el gurú regresaba a la cueva a verificar el progreso de la mujer. En su mano llevaba un pesado bastón de madera. Cada mañana le hacía la misma pregunta:
“¿Ya has aprendido todo lo que se puede saber?” Cada mañana, la respuesta de ella era la misma. “No”, decía, “no lo he hecho”. El gurú entonces le pegaba en la cabeza con su bastón.
Esta escena se repitió durante meses. Un día el gurú entró en la cueva, hizo la misma pregunta, escuchó la misma respuesta y levantó su bastón para pegarle de la misma manera, pero la mujer cogió el bastón del gurú, parando su golpe en el aire.
Aliviada de haber dado fin a los golpes cotidianos, pero temerosa de la represalia, la mujer volvió la vista hacia el gurú. Para su sorpresa, el gurú sonrío. “Felicidades”, le dijo, “te has graduado. Ahora sabes todo lo que necesitas saber.”
“¿Cómo es eso?”, preguntó la mujer.
“Has aprendido que nunca aprenderás todo lo que se puede saber”, le contestó. “Y has aprendido a parar el dolor.”

Gracias a Rosa Fernández por pasármelo...

lunes, 28 de enero de 2013

Sobre los cestos y sus mimbres

- Maestro, ¿Cómo puedo estar seguro de que soy todo lo buena persona que puedo llegar a ser?
El maestro permaneción unos segundos en silencio, meditando. El discípulo esperó pacientemente, sabía que las respuestas necesarias llegan después de un tiempo necesario de reflexión.

- Cuando era joven pagué mis estudios trabajando en un taller de cestos de mimbre. - Contestó el maestro - El maestro artesano que llevaba el taller se pasaba muchas horas al día tejiendo mimbre para hacer los mejores cestos que haya visto. Hablamos poco, pero cuando lo hacíamos descubrí que eran conversaciones llena de significado para mi, de las cuales yo aprendía mucho, puesto que era un hombre muy reflexivo y observador, aunque no tenía estudios de ningún tipo. Descubrí que yo esperaba que llegasen estos escasos momentos de conversación puesto que siempre me arrojaban una luz diferente sobre los asuntos que estudiaba en la academia.
http://casa-hogar.org/category/cestas-de-mimbre
Un día, después de observar maravillado la producción que había hecho, me contestó:
  - No tiene mucho mérito, es el material con el que estamos trabajando, que es de excelente calidad.
  - Maestro, estoy de acuerdo que el material es de excelente calidad, pero su hablidad para tejer es   exquisita - le contesté.
  - Mi habilidad se basa en no estropear lo que es bueno. Fíjate bien, si tienes mimbre de mal calidad sólo   podrás conseguir malos cestos. en cambio, si tienes mimbre de buena calidad puedes obtener malos cestos o buenos cestos. Con las personas ocurre lo mismo, si tienen mimbres de mala calidad, no podrás llegar a ser una buena persona.

El discípulo reflexionó unos instantes antes de preguntar:
- Maestro, ¿cómo sé que mis mimbres son buenos?
- Es sencillo - contestó el maestro - sólo tienes que revisar tus actitudes y tus prejuicios.

martes, 1 de enero de 2008

La farola

Un hombre volvía de madrugada a casa después de trabajar. En una calle cercana se encontró a otro hombre con evidentes signos de estar borracho que estaba buscando algo junto a la única farola que permanecía encendida en toda la calle. Parecía nervioso, por lo que nuestro hombre se acercó a él y le preguntó si le podía ayudar en algo.

- He perdido las llaves de mi casa y no las encuentro -farfulló-, ¿podría usted ayudarme? Es que estoy un poco bebido, ya sabe...

Se compadeció de él y se pusieron a buscar. Como no estaba borracho, nuestro hombre conservaba todas sus facultades sensoriales, peros sobre todo las cognitivas, y se dio rápidamente cuenta de que las llaves no estaban allí. Ni remotamente cerca. De forma que le preguntó al borracho de si estaba seguro de haberlas perdido allí, porque él no las veía.

- Ah, no, no las he perdido aquí, las he perdido allí - contestó el borracho señalando un punto lejano de la calle que permanecía a oscuras.
- Perdone, si las ha perdido allí, ¿se puede saber qué hace buscándolas aquí? - interpeló entre sorprendido e indignado.
- Bueno, es qe aquí es donde hay luz...

A veces no sólo es necesario saber lo que se busca, además tenemos que arriesgarnos a lo incierto, lo que no es seguro, en este caso, oscuro. "La locura no es hacer cosas alocadas, sino hacer siempre la misma cosa esperando obtener resultados diferentes". Y yo añadiría, "y que nos satisfagan instantáneamente".


sábado, 29 de diciembre de 2007

El Pilar

No soy una de esas personas que le busca significado a todo, pero sí que me gusta jugar con el significado de los nombres, ya sea de una forma literal o metafórica, porque permite darle la vuelta a muchas situaciones y acontecimientos de una manera diferente, no tan (aparentemente) provocadora. Podría poner varios ejemplos, algunos muy divertidos, de otros no puedo hacer referencia por no violar el secreto profesional.
Uno de los ejemplos que más he utilizado, y este sí lo puedo explicar, es cambiar el nombre a la persona que acude a terapia.
Me explico. Acude una persona, generalmente mujer, que suele padecer crisis de ansiedad, y que cuando explica la situación crítica que le ha llevado a iniciar terapia, muestra un gran abanico de situaciones en las que invierte mucho esfuerzo para que funcionen: con la pareja, la familia, el trabajo, las amistades, etc. Lo más sorprendente de todo es que no consigue que nada vaya bien, y además, se siente (y le hacen sentir, continuamente) culpable por ello. Entonces les suelo proponer un cambio de nombre. El diálogo que suele suceder es parecido al siguiente:

- Creo que tus padres tenían pensado un nombre diferente para ti, pero en el último momento se decantaron por el que tienes. Evidentemente te han educado pensando en el otro.
- No sé a qué te refieres - con cara de sorpresa.

- Creo que tu forma de relacionarte con todo el mundo hace evidente que deberías llamarte de otra manera.
- No te acabo de entender, pero a mi, mi nombre me encanta.
- No digo que sea un mal nombre, ni feo, sólo digo que no te pega.
- ¿Y qué nombre crees que me pega?
- ¿De verdad no se te ocurre?
- No. La verdad es que no - generalmente con cara pensativa.
- Creo que tus padres te querían llamar Pilar. Visto desde fuera es el nombre que más se ajusta a tu manera de relacionarte. Fíjate allí donde vas, eres tú la encargada de soportar toda la situación. Todo el peso de la responsabilidad cae sobre ti. Me pregunto qué es lo que sucederá el día en que te rompas del todo, porque agrietada ya empiezas a estar...

Desde luego, si la persona se llama Pilar, es que el nombre está bien escogido.

Por cierto, son las personas del entorno inmediato quienes se empiezan a quejar de los cambios una vez iniciada la terapia. Supongo, que les resulta bastante insoportable el peso que empieza a repartirse cuando "la elegida" quiere dejar de ser "el Pilar".

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Toros y toreros

En un seminario, Michael Mahoney nos explicó un chiste sobre la división de las personas en grupos "etiquetables":
- Existen dos tipos de personas, los que creen que hay dos tipos de personas y los que no creen que hay dos tipos de personas.

Pero a raíz de las historias de la gente que conozco, tanto en la consulta como en mi vida privada, he llegado a una diferenciación propia, un poco simplona si queréis, pero que me ha sido muy útil, ya que creo que no estigmatiza demasiado.

Toros y toreros.

Los primeros, son aquellas personas que van siempre de cara, con una actitud muy proactiva, que afrontan los problemas con energía y bastante convicción. Siempre quieren solucionar las cosas y ayudar. Por tanto, metafóricamente, embisten los problemas e intentan "cornearlos".
Los segundos, son aquellos que no afrontan los problemas de cara, sino que sacan su capote y proceden a "torearlos" sin hacer nada más, dejando pasar el tiempo sin tomar decisiones relevantes.
Está claro que podemos establecer categorías dentro de cada grupo, por ejemplo, en función de la ganadería del toro, o de la maestría del torero, pero para mí eso no es demasiado significativo.
Lo que sí me parece relevante es cuando se da la relación entre un toro y un torero, porque acaba ocurriendo siempre lo mismo: El toro embiste los problemas. Intenta hacer, ayudar, trabajar, dedica energía y empeño, pero acaba exhausto, frustrado, y malherido, con un torero que le va clavando "banderillas" continuamente, avivando su embiste pero recordándole que no lo está haciendo todavía bien.
Ni que decir tiene que son los toros los que acuden a terapia, porque son conscientes que alguna cosa no funciona. Se sienten cansados y heridos, culpables por no saber hacer las cosas mejor, creyendo que son el motivo de la infelicidad de su entorno más inmediato.
Los toreros, desde luego, no irán nunca a terapia; eso para los débiles. Son tonterías de manual de autoayuda, y sólo aceptan que vaya el toro para que sepa ser mejor toro, pero ellos viven deslumbrados por los reflejos de su traje de luces, y no ven nada más allá.
¿Qué pasa cuando el toro hace un proceso de terapia que le resulta útil?
Pues que se da cuenta que el coso es más grande que la porción donde está el torero, y generalmente decide cornear en sitios más productivos. Eso en los peores casos, porque la mayoría deciden que no vinieron a este mundo para morir en una plaza pública, y se van al campo, que es un sitio más interesante para explorar, que el simple capote rojo de un torero.
Y cuando esto ocurre, el torero se queda solo en medio de la plaza. Y ¿cómo puede brillar el torero sin un toro que torear? Las maldiciones retumban en un plaza que siempre se queda vacía... ¿Qué sentido tiene alguien solo, con un ridículo traje dorado?

lunes, 24 de diciembre de 2007

Gato de skinner

"Te mueves al azar como el gato de Skinner". Esta es una de esas frases que repito con frecuencia, supongo que porque me resulta tremendamente gráfica de un determinado patrón de comportamiento.
Skinner era un psicólogo conductista que encerraba animales en una caja que se abría ejerciendo presión, solamente, sobre una determinada palanca. Evidentemente, la primera ocasión en que encerraba al gato (durante la carrera, me explicaron este experimento con un gato, pero no sé si fue con otro animal) éste no sabía como salir, de forma que mostraba un comportamiento caótico hasta que accidentalmente presionaba el lugar correcto y podía salir. Después de varias pruebas el animal sabía dónde tenía que ejercer presión y salía con facilidad.
Este comportamiento caótico del que no sabe qué hacer para solucionar una situación lo podemos observar cada día a nuestro alrededor sin buscar mucho, y responde a dos subtipos de personas.
En el primer grupo se encuentran aquellas que se dejan llevar por la ansiedad, el pánico, la angustia, etc, no tienen una planificación determinada para afrontar la crisis, o la han perdido, y sólo piensan en salir de la situación de cualquier manera lo más rápido posible. Pueden salirse con la suya, y generalmente y afortunadamente lo hacen, pero cuando les preguntas qué les llevó a tomar determinadas decisiones, no saben qué responder. Y, desde luego, si no saben lo que buscan...
Pero pueden aprender, puesto que la ansiedad genera la incomodidad que es tan necesaria para hacer evidente la urgencia de un cambio.
En el segundo grupo encontramos a gente emocionalmente más fría e infantil. El comportamiento de estas personas es aparentemente igualmente caótico, pero se rige por una estrategia mínimamente planificada. Son como los niños pequeños que no quieren papilla, escupen a todas partes para demostrar su enfado, buscando provocar una reacción del otro en la que descargar su rabia. El abanico de acciones hirientes que pueden mostrar es muy amplio, y desde luego no se detienen ante la no respuesta. No conciben esa posibilidad. Su incomodidad se expresa en rabia que incomoda a los otros, por lo que las posibilidades de cambio en ellos son muy limitadas, a ningún plazo. Lamentablemente los que cambian son los receptores de sus rabietas infantiles, fruto de su intolerancia a la frustración y a los límites.
Supongo que estaréis de acuerdo conmigo que el primer grupo ofrece muchas posibilidades relacionales que el segundo, el cual, acostumbra a ser un coleccionista de cadáveres relacionales, y emocionales, y del que conviene alejarse.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Colaboración Eva Aguilar.

Una buena amiga, Eva Aguilar, me ha pasado este cuento. Da bastante qué pensar, porque hay gente que sólo ve en los demás aquello que lleva consigo. Lo proyecta en los otros y se queja, pero su incompetencia emocional le impide verse. Es aquella famosa frase de la biblia "ve la brizna de paja en el ojo ajeno pero no es capaz de ver la viga en el propio".

Eva, que es una gran conocedora de estos temas, lo resume muy bien con una frase que le he escuchado cientos de veces: "Ten cuidado con apuntar a alguien con el dedo, pues resulta que de tu propia mano tres dedos te apuntan a ti".
Después sólo nos queda el derecho al berrinche y a la pataleta.


Había una vez un anciano que pasaba los días sentado junto a un pozo a la entrada del pueblo.
Un día, un joven se le acercó y le preguntó:

-Yo nunca he venido por estos lugares, ¿cómo son los habitantes de esta ciudad?
El anciano le respondió con otra pregunta:
¿Cómo eran los habitantes de la ciudad de la que vienes?

- Egoístas y malvados, por eso me he sentido contento de haber salido de allí.
- Así son los habitantes de esta ciudad - le respondió el anciano.

Un poco después, otro joven se acercó al anciano y le hizo la misma pregunta:

- Voy llegando a este lugar, ¿cómo son los habitantes de esta ciudad?
El anciano, de nuevo, le contestó con la misma pregunta:

- ¿Cómo eran los habitantes de la ciudad de dónde vienes?
- Eran buenos, generosos, hospitalarios, honestos, trabajadores. Tenía tantos amigos que me ha costado mucho separarme de ellos...
- También los habitantes de esta ciudad son así - respondió el anciano.

Un hombre que había llevado a sus animales a tomar agua al pozo y que había escuchado la conversación, en cuanto el joven se alejó, le dijo al anciano:
- ¿Cómo puedes dar dos respuestas completamente diferentes a la misma pregunta hecha por dos personas?

- Mira -le respondió-, cada uno lleva el universo en su corazón, quien no ha encontrado nada bueno en su pasado, tampoco lo encontrará aquí. En cambio aquel que tenía amigos en su ciudad, encontrará también aquí amigos leales y fieles. Porque las personas son lo que encuentran en sí mismas y encuentran siempre lo que esperan encontrar.

viernes, 21 de diciembre de 2007

El caballo en la mesa del comedor

Una tarde me invitaron a casa de unos conocidos a cenar. Era una casa modesta en una típica zona industrial de California. Los otros ocho o diez invitados, a los que casi no conocía, y yo estábamos sentados en la sala de estar, bebiendo ginebra y bourbon y tomando un aperitivo. La conversación, al principio vacilante, se volvió más animada conforme nos fuimos conociendo y encontrando temas comunes. La bebida indudablemente también nos ayudó.
Finalmente apareció la anfitriona y nos invitó a pasar al comedor para cenar; se trataba de un bufete. Al entrar en la habitación me di cuenta con sorpresa de que había un caballo marrón tranquilamente sentado en la mesa del comedor. Aunque era pequeño para ser un caballo, ocupaba gran parte de la misma. Cogí aire pero no dije nada. Fui el primero en entrar, así que pude girarme y mirar a los otros invitados. Ellos respondieron igual que yo: entraron, miraron al caballo, se asustaron o miraron fijamente, pero no dijeron nada.
El anfitrión fue el último en entrar. Dejó escapar un grito mudo, mirando fijamente del caballo a cada uno de los invitados con una mirada de espanto. Su boca pronunciaba sonidos sordos. Con una voz llena de confusión nos invitó a servirnos nuestros platos. Su mujer, igual de desconcertada por lo que era claramente un caballo inesperado, señaló el nombre de las tarjetas que indicaban cuál era el sitio de cada uno.
La dueña de la casa me acompañó al bufete y me pasó un plato. Nosotros se pusieron detrás de mí, todos callados. Me serví arroz y pollo y me senté en mi sitio. Los demás hicieron lo mismo.
Estaba encogido, allí sentado, intentando evitar acercarme demasiado al caballo, mientras hacía como si no estuviera allí. Mi plato estaba fuera del borde de la mesa. Los demás encontraron otras maneras de evitar el contacto físico con el caballo. Los dueños de la casa parecían tan incómodos como el resto. La conversación decayó. Cada cierto tiempo alguien decía algo intentando revivir la agradable e intrascendente conversación anterior, pero la desbordante presencia del caballo llenaba nuestro pensamiento de tal manera que hablar de impuestos o de política o de escasez de lluvia parecía irrelevante.
Se acabó la cena y la anfitriona trajo café. Puedo recordar todos los platos, pero no recuerdo haber probado bocado. Bebimos en silencio, intentando no mirar al caballo, pero incapaces de tener nuestros ojos o nuestros pensamientos en ningún otro lugar.
Pensé varias veces en decir: “¡Hey! ¡Hay un caballo en la mesa del comedor!”. Pero casi no conocía al dueño de la casa, y no quería hacerle sentir incómodo mencionando algo que, obviamente, le incomodaba tanto como a mí. Después de todo, era su casa. Y ¿qué le dices a un hombre que tiene un caballo en la mesa del comedor? Podría haber dicho que no me importaba, pero no era cierto, su presencia me molestaba tanto que no disfruté ni de la cena ni de la compañía. Podría haber dicho que sabía lo difícil que era tener un caballo en la mesa del comedor, pero tampoco era cierto, no tenía ni idea. Podría haber dicho algo como “¿cómo te sientes teniendo un caballo en la mesa del comedor?”, pero no quería parecer un psicólogo. Quizá, pensé, si lo ignoro se marchará. Por supuesto sabía que no lo haría. No lo hizo.
Más tarde supe que los anfitriones esperaban que la cena fuera un éxito, a pesar del caballo. Pensaron que mencionarlo nos hubiera hecho sentir tan incómodos que no habríamos disfrutado de la visita. Por supuesto que, de todas maneras, no la disfrutamos. Tenían miedo de que intentáramos ser comprensivos con ellos (eso era algo que no querían) o que les entendiéramos (cosa que necesitaban pero no reconocían). Querían que la fiesta fuera un éxito así que intentaron hacer la noche lo más agradable posible. Pero estaba claro que, al igual que los invitados, casi no podían pensar en otra cosa que no fuera el caballo.
Yo me disculpé poco después de la cena y me fui a casa. La noche había sido horrible. No quería volver a ver a los anfitriones nunca más, aunque estuve tentado de buscar a los otros invitados para saber cómo se habían sentido. Yo me sentía confundido por lo que había ocurrido y muy tenso. La verdad había sido grotesca. Después de aquello evité cuidadosamente a los dueños de la casa e intenté estar lejos de su vecindario.
Al tiempo me encontré con un anciano gurú a quien había acudido en ocasiones en las que buscaba respuestas. Al verle le pregunté, cómo tantas otras veces, “Padre, quiero saber qué siente una persona que está muriendo cuando nadie habla con ella, ni nadie está abierto a permitirle que ella hable sobre su muerte” Pensé que esta vez no sería diferente, y no me respondería.
El anciano estaba callado. Como no me pidió que me marchara, me quedé. Aunque estaba contento, me daba miedo que él no quisiera compartir su sabiduría conmigo, pero finalmente habló. Las palabras fluían lentamente.
“Hijo mío, es el caballo en la mesa del comedor. Es un caballo que visita todas las casas y se sienta en la mesa de todos los comedores, en la de los ricos y en la de los pobres, en la de los simples y en la de los sabios. El caballo simplemente se sienta allí, pero su presencia hace que uno tenga ganas de marcharse sin hablar de él. Si te marchas siempre temerás la presencia del caballo. Cuando se siente en tu mesa desearás hablar de él pero no podrás.
Sin embargo, si hablas de caballo descubrirás que los demás también pueden hablar de él -la mayoría al menos- si eres amable y agradable al hacerlo. El caballo quedará en la mesa del comedor, pero tú no estarás abrumado. Disfrutarás de la comida y de la compañía de los anfitriones. O si se trata de tu mes, disfrutarás de la presencia de tus invitados. No puedes hacer magia para que desaparezca el caballo, pero puedes hablar de él, y por lo tanto, puedes hacerlo menos poderoso.”
Entonces se levantó el anciano e indicándome que le siguiera, se dirigió lentamente hacia su cabaña. “Ahora comeremos”, dijo sosegadamente. Entré en la cabaña y me costó adaptarme a la oscuridad. El gurú se dirigió a un armario que había pan y queso y lo puso encima de una esterilla. Me invitó a sentarme y compartir su comida. Vi un pequeño caballo sentado tranquilamente en el centro de la esterilla. ÉL se dio cuenta y dijo., “el caballo no nos molestará”. Yo disfruté la comida. Nuestra conversación duró hasta bien entrada la noche, mientras el caballo permaneció sentado tranquilamente todo el tiempo que estuvimos juntos.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Cómo supe lo que buscaba

Hoy vuelve a ser un día especial. Ayer recibí un correo de una persona que prefiere permanecer en el anonimato y que explica su proceso personal en los últimos años.
Para mi es un verdadero lujo haber podido asistir al proceso de cambio de esta persona, haber aprendido tanto con ella y un placer que haya escogido este blog para compartir su experiencia con quien quiera sacar partido de ella. Yo, desde luego, solo puedo expresar una vez más mi más profunda admiración por su valentía al haberse enfrentado a sus demonios a pesar del miedo que en algunpos momentos la atenazó. el camino es largo, y lo está siendo, pero creo que lo hemos disfrutado y valió la pena.

Por cierto, muy bueno el título del texto, gracias.

La primera vez que empecé a tomar conciencia de que algo pasaba fue hace unos 5 años. Fui con mi hermana a una reunión organizada por Al-Anon, que es una asociación de apoyo a familiares y amigos de personas alcohólicas. En esa sesión el grupo estaba especializado en hijos de alcohólicos y cuando terminamos me dieron un folleto que decía: “¿Se crió junto a un bebedor con problemas?”*. Empecé a leer y me asusté mucho... De esos 20 puntos sobre características de la personalidad o actitudes en una persona yo poseía como mínimo un 80% de ellas. Entonces empecé a plantearme ese interrogante, si yo era como era porque ese era mi carácter, o era por consecuencia de mi drama familiar, o era de todo un poco.
Sé del alcoholismo de mi padre desde que tengo uso de razón. Una noticia que se convirtió en el “gran secreto” de la familia (como si los demás no se dieran cuenta...). Mi madre me prohibió hablar de ello por el “qué dirán” y ella sólo hablaba de eso con sus hijas. Así que durante muchos años me limité a obedecer sin cuestionarme nada, a escuchar y consolar a mi madre, a intentar proteger a mi hermana y a escapar de los ataques psicológicos de mi padre. Constantemente me sentía culpable por la situación y sentía que yo tenía la responsabilidad de velar por el bienestar de todos. Yo podía ser la hija, la hermana y la novia perfecta que les hiciera de madre a todos y que los salvara. Todo el mundo era importante menos yo misma.
Un año después de esa reunión de Al-Anon (lugar al que por cierto no volví, posiblemente por miedo) tuve un mal año. Fallecieron algunos familiares importantes, tomé las riendas de la empresa que dirigía mi padre ya que él no estaba en condiciones de hacerlo y me dejó mi novio después de 4 años de relación. Esa relación además era de dependencia emocional total hacia él.
Mi cuerpo empezó a rebelarse. Engordé 10 Kgs y empecé a sufrir ataques de ansiedad: de repente me alteraba por cualquier tontería que terminaba desencadenando en que me faltara el aire. Fue entonces cuando decidí que pedir ayuda.
El primer día que me senté en el sofá de Miguel Ángel él me preguntó por qué había decidido empezar una terapia y le dije que no lo sabía... ¡imaginad lo ciega que estaba! Contar todo lo que pasó desde entonces hasta el día de hoy daría para que creara un blog entero... Yo estaba tan destrozada en todos los ámbitos de mi vida que decidí que iba a ponerme bien pasara lo que pasara, y si tenía que “pisar” a alguien en el camino lo haría.
La primera persona a la que pisoteé fue a mi exnovio, un “vampiro emocional” ejemplar donde los haya al que no podía dejar porque había aprendido en mi casa que lo normal es aguantar (como hacía mi madre con mi padre). Poco a poco fui viendo todo el daño que me estaba haciendo y aunque él no me lo puso nada fácil lo logré.
Lo verdaderamente potente vino en casa. Cuando formas parte de una familia disfuncional con una estructura tan rígida nadie acepta bien los cambios. Dejé de hacer de psicóloga de mi familia y empecé a preocuparme por mi bienestar, cosa que desencadenó en mi marcha de casa para ir a vivir sola y un cambio de trabajo, arriesgando con ello la economía familiar y el cariño de mis seres queridos. Asumí la situación tal y como era y vi que la única persona por la que podía luchar era por mí misma. A partir de entonces el calificativo “egoísta” se me atribuyó durante innumerables veces y los reproches fueron constantes. Pero eso no me hizo dudar: o les salvaba a ellos o me salvaba a mí.
Intentar relatar esa lucha y todo lo que vino después es complicado... Mis padres se separaron, mi padre terminó tan alcoholizado que llegué a concienciarme de que cualquier día me lo encontraría muerto... Hasta que tuvo tal susto que empezó un tratamiento de desintoxicación que ha dado sus frutos y desde hace pocos meses mis padres vuelven a vivir juntos empezando de cero.
Lo que más me interesa compartir es que durante todo este proceso pasé por momentos muy duros: tuve mucho miedo, a veces auténtico pánico por no saber cómo se desencadenarían las cosas y otras veces en las que sentía una culpa insoportable por estar “fallando” a la gente que más quería. Pero a pesar de ello tuve siempre el convencimiento de que ese era el camino correcto y tuve fe y confianza en mí misma (algunas veces esa fe solamente apoyada por mí). Y os aseguro que ni en la mejor de mis predicciones hubiera imaginado que algún día podría disfrutar de una familia emocionalmente estable.
Mi asignatura pendiente son los hombres. Aunque con los años he ido “escogiendo” personas más sanas y he ido limando algunos aspectos de mis relaciones afectivas sigo tendiendo a entregarme en exceso y a idealizarlas. No tengo prisa. Algún día llegará.

Hay esperanza. Aunque a veces parezca que salir del espiral es imposible no lo es, y pedir ayuda no es de personas débiles sino de valientes. Hay que saber qué buscamos para gestionar lo que tenemos y encontramos en el camino y sobre todo amarnos y cuidarnos. Si no lo hacemos nosotros nadie lo hará.
Miguel Ángel, gracias por haber sido mi bastón durante el camino (que por cierto, aún no ha terminado...).

viernes, 7 de diciembre de 2007

Ghandi

Se explica una anécdota de que una madre llevó a su hijo pequeño a casa de Mahatma Gandhi y le suplicó:
- Se lo ruego, Mahatma, dígale a mi hijo que no coma más azúcar, es diabético y está poniendo en peligro su vida. A mi no me hace ningún caso y sufro mucho por él.
Gandhi Reflexionó unos segundos y le dijo:
- Lo siento, señora. Ahora no puedo hacerlo. Traiga otra vez a su hijo dentro de quince días y tal vez pueda.
Sorprendida, la mujer le dio las gracias y le prometió que haría lo que había pedido. Quince días después volvió con su hijo. Gandhi miró al muchacho a los ojos y le dijo:
- Chico, deja de comer azúcar.
La madre estaba muy agradecida pero extrañada a la vez, por lo que preguntó:
- ¿Por qué me pidió que lo trajera dos semanas después? Esto lo podría haber hecho la primera vez.
Gandhi le respondió:
- Es que hace quince días yo también comía azúcar.

"Si no puedes dar lecciones siempre puedes dar ejemplos"

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Conseguir Alas

Soy plenamente consciente que el tema que voy a tocar hoy resulta especialmente espinoso, por lo que pido disculpas por adelantado si hiero alguna sensibilidad o remuevo algunas vísceras.
Dos personas se conocen, se enamoran y deciden iniciar un proyecto en común. Hasta aquí es el cuento de hadas que todos más o menos hemos vivido en una o varias ocasiones. Pero luego siempre llega la crisis, afortunadamente, y ésta tiene siempre múltiples formas de plantearse.
Hace algún tiempo que me dedico a realizar terapias de pareja y sesiones de terapia en pareja y he podido comprobar una cierta universalidad en los temas. Me referiré al más frecuente de ellos con la etiqueta de "conseguir alas".
Uno de los miembros (habitualmente ella, pero he visto de todo) no está satisfecha con la relación, está bien, enamorada, no tiene dudas de fidelidad ni nada por el estilo, pero no está a gusto consigo misma. El otro miembro de la pareja nota esto y le suele animar a buscar su espacio. Cuesta, pero al final lo hace, tímidamente, pero va descubriendo que le gusta lo nuevo que ve, y se va creciendo.
En este punto se hacen evidentes las diferencias que hay entre la nueva realidad que descubre y el otro miembro de la relación: ¿Porque no hacer unos pequeños cambios en nuestra relación? Mejoraría, qué bien que estaríamos, porque la verdad, yo lo necesito, ahora soy consciente de que me sentía ahogada, aprisionada... Y plantea estos cambios.
Pero la realidad de la relación era que ella (habitualmente ellas) estaba incómoda y él cómodo, por lo que se topa con la resistencia al cambio de él. El problema es que la crisis está planteada, y en la mayoría de ocasiones no de forma evidente y consciente.
En la mayoría de casos la situación se hace complementaria a la anterior, y ahora es el otro quien está incómodo. El peligro es que esto se enquiste y acabe diluyéndose en múltiples problemas tangenciales que no aportan nada significativo (la realización de las tareas de casa, la colaboración en la educación de los hijos, el rollo de papel higiénico...)
Algunos casos deciden hacer terapia de pareja, y cuando acuden a las sesiones plantean este formato de crisis que he descrito. "Desde hace un tiempo ella ha cambiado, ya no es la misma de antes", "yo quiero volver a la situación de antes", "se le han subido los humos y ahora ya no la entiendo y no sé qué espera de mi". El otro día en una sesión de pareja con mi amiga y colega Gemma Borraz se me ocurrió una metáfora que sintetizaba bastante bien todo el conjunto de la crisis:
- Mira, tú le pides a tu pareja que abandone este cambio, que vuelva a ser la pareja enraizada al suelo que tú recuerdas y que deseas, pero parece que ella no está por la labor. En cambio parece que tu pareja ha encontrado alas - habitualmente la cara de él es de cierta aprensión - y te está planteando que desea que tú encuentres también tus alas y vueles con ella.


Raíces sí, claro;
pero, sobre todo, ¡alas!

Saint John Perse

martes, 4 de diciembre de 2007

La sentecia del acusado inocente

Cuentan que durante la edad media hubo una serie de muertes que asolaron varias aldeas de una misma comarca. Las autoridades no conseguían dar con el asesino y el miedo atenazaba cada vez más a las gentes de la región, dejando de ir a labrar en el campo por miedo a morir.
La nobleza no se podía permitir esto, de forma que presionó a la santa inquisición para que encontrase al culpable y así se restableciese la normalidad y pudiesen seguir viviendo del trabajo de los campesinos.
El inquisidor de la zona no conseguía dar con ningún indicio que aportase información coherente. ¡Parecía hecho por el mismo Santanás! Llegó a la conclusión de que la mejor manera de detener esta situación era declarar culpable a cualquiera para que de esta manera el asesino pensase que podía acabar impune y dejase de matar. "Sacrificaré un inocente para salvar a muchos".
Para ello montó una serie de falsas pruebas y acusó a un campesino de la zona que no tenía familia y vivía fuera de aldeas.
Llevó el caso ante el alto tribunal de la inquisición y optó por no torturar, para que así no quedasen dudas de la justicia.
Desde luego el juicio fue una farsa, eso era evidente para cualquiera que lo estuviese observando, incluso para el juez, pero las presiones de la nobleza eran insoportables. Por intentar lavarse las manos, intentó dar un toque de justicia divina a la hora de dar la sentencia, para ello le dijo al campesino que no tenía duda de su culpabilidad, y que Dios y la providencia tampoco la tendrían, de forma que dejaría en manos de ellos decidir. Se colocarían dos papeles en una bolsa y el propio campesino extraería la sentencia. Desde luego dejó de comentar que en los dos papeles estaría escrita la sentencia de culpabilidad. Pero antes de hacer nada permitió una última voluntad al campesino.
Este había permanecido silencioso y hosco durante todo el proceso, consciente de su destino. Al escuchar la resolución le quedó aún más claro su destino, puesto que era sabía perfectamente cual era la trampa. Sólo sonrió cuando le dijeron que podía pedir una última voluntad.
- Señoría, solicito que se me sentencie a la inversa del papel que extraíga de la bolsa.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

De lo que siembres, recogerás

Había una vez un hombre que sembró una semilla de mango en el patio de su casa. Todas las tardes la regaba con cariño y repetía con verdadera devoción:
- Que me salga melocotón, que me salga melocotón.
Así llegó a convencerse de que pronto tendría un melocotonero en el patio de su casa.
Una tarde vio, con emoción, que la tierra se estaba cuarteando y que una cabecita verde intentaba salir a la búsqueda de los rayos del sol. Al día siguiente asistió emocionado al milagro del nacimiento de una nueva vida.
- Me nació el melocotonero - dijo el hombre con satisfacción y orgullo.
Por las tardes, mientras cuidaba y atendía con cariño a su árbol, pensaba y se recreaba en lo distinto que sería de esos árboles de mango populacheros que crecen silvestres, y que en época de cosecha llenan los patios de las casas. También se decía que, en unos años, su familia podría disfrutar de una suculenta cosecha de deliciosos melocotones.
El árbol fue creciendo y, un día, el hombre advirtió, primero con duda y después con incredulidad y gran desconcierto, que lo que estaba creciendo en el patio de su casa no era un melocotonero sino un árbol de mangos, como tantos otros en el pueblo. El hombre dijo con despecho y tristeza:
- No entiendo cómo me pudo pasar esto a mi. ¡Tanto que le dije que fuera melocotonero y me salió mango!

sábado, 24 de noviembre de 2007

Toda la fuerza que puedo hacer

Un niño trataba en vano de realizar una construcción que para su edad resultaba compleja. Al pasar frente a él, su padre se detuvo a observar sus esfuerzos. Finalmente le preguntó:
- ¿Estás empleando todos tus recursos?
- Lo estoy intentando - contestó el niño.

El padre se fue a hacer un par de recados. Cuando volvió se encontró a su hijo derrotado, que ya había abandonado todo intento.
- ¿Estás seguro de haber utilizado todas las posibilidades que existen a tu alcance? - preguntó el padre.
- ¡Sí, todas! - contestó el niño exasperado.
- No, no lo has probado "todo" - dijo el hombre sin inmutarse -porque no has pedido a nadie que te ayude.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Elefantes de circo


A la salida de una función de circo, pasando por delante de la zona donde estaban los animales cuando no actuaban, un niño le preguntó al domador del elefante:
- ¿Por qué un elefante tan grande está sujeto con una estaca tan pequeña si con la fuerza que tiene podría desatarse con facilidad?
- Es muy fácil - le explicó el domador -. Cuando los elefantes son muy pequeños les sujetamos con esta misma estaca. Entonces ellos aún no tienen mucha fuerza, y aunque se resisten e intentan escapar, la estaca aguanta y no consiguen huir. De modo, que llega un momento en que se cansan de intentarlo. Piensan que no podrán nunca con la estaca. Ya de mayores podrían huir con facilidad, pero siguen creyendo que no podrán con ella porque antes lo intentaron y no lo consiguieron. Están domesticados.

Dedicado a todas aquellas (por ser mayoría ellas) que me han permitido asistir al momento en que decidieron tirar con fuerza de sus estacas y vencer sus miedos. Muchas gracias por mostrarme nuevos caminos permitir mi compañía mientras los recorríais, disfrutando juntos de nuevos paisajes. Un abrazo.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Volar juntos

Hoy os propongo un cuento ofrecido por Javier Martínez que resulta muy interesante para reflexionar sobre la seguridad y el compromiso en una pareja.



Cuenta una vieja leyenda de los indios Sioux que una vez llegaron hasta la tienda del viejo brujo de la tribu, tomados de la mano, Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Azul la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu.
- Nos amamos - empezó el joven- Y nos vamos a casar - dijo ella- Y nos queremos tanto que tenemos miedo. Queremos un hechizo, un conjuro, un talismán. Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos. Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Manitu el día de la muerte.- Por favor, - repitieron - ¿hay algo que podamos hacer?
El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan anhelantes esperando su palabra.
- Hay algo...-dijo el viejo después de una larga pausa - Pero no sé...es una tarea muy difícil y sacrificada.- No importa -dijeron los dos-. Lo que sea -ratificó Toro Bravo.- Bien -dijo el brujo-. Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, y deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Comprendiste?
La joven asintió en silencio.
-Y tú, Toro Bravo -siguió el brujo- deberás escalar la montaña del trueno; cuando llegues a la cima, encontrarás la más brava de todas las águilas y, solamente con tus manos y una red, deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Alta. ¡Salgan ahora!.
Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte, él hacia el sur....
El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas.
El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Los jóvenes lo hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo las aves cazadas.
Eran verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe.
- ¿Volaban alto? -preguntó el brujo
- Si, sin dudas. Como lo pediste ¿Y ahora? -preguntó el joven- ¿los mataremos y beberemos el honor de su sangre?- No -dijo el viejo.- Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne -propuso la joven.- No -repitió el viejo. Harán lo que les digo: Tomen las aves y aténlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero. Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres.
El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros. El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero solo consiguieron revolcarse en el piso. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre si hasta lastimarse.
- Éste es el conjuro. Jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón; si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes perdure, vuelen juntos pero jamás atados.

Nos enamoramos de una persona por tal y como es, libre, y que libremente decide estar con nosotros... las ataduras son incompatibles, ya lo decía el poema,
"...Uno aprende la sutil diferencia
Entre sostener una mano
y encadenar un alma,
y uno aprende
que el amor no significa acostarse
y una compañía no significa seguridad
y uno empieza a aprender...
que los besos no son contratos
y los regalos no son promesas..."
Gracias Javier.