- Una buena forma de entender la complementariedad es un baile en el que los movimientos de los bailarines condicionan los movimientos del otro en un ciclo interminable y cada vez más reducido.
- ¿Más reducido?
- Cada uno hace lo que puede dentro de las posibilidades que le permite los movimientos del otro, de forma que cada vez el abanico de libertad es cada vez menor si se quiere seguir bailando.
- ¿Por qué?
- Las buenas parejas de baile son aquellas que han practicado mucho juntas y se conocen muy bien pudiendo conocerse y anticiparse, permitiendo pequeñas oportunidades de cambio... Y las parejas supongo que funcionan igual.
- Entonces en mi caso... ¿Mi miedo condiciona su miedo?
- Y tanto.
- ¿Cómo puede mi inseguridad afectarla tanto que se enfade?
- Tal vez no sea así. Tal vez sea que ella se siente más cómoda expresando rabia y tú no puedes apreciar qué emoción está sintiendo realmente.
- ¿Le ocurriría lo mismo que a mi?
- Es una opción explicativa. Tú tiendes a expresar miedo ante cualquier emoción que puedas sentir. Ella no ve tu rabia, tu tristeza, tu vergüenza o tu culpa.
- Pero antes no le molestaba ni a mi me parecía ella una persona rabiosa.
- Cuando empezásteis a bailar vuestro abanico de posibilidades debía ser mucho más amplio. El paso de los años ha hecho que se haya reducido drásticamente y que ahora cada vez expreséis menos y provoquéis más.
- Si yo expresara menos miedo ella no expresaría tanta rabia y al revés, ¿no es así?
- Sí.
- ¿Y quién debería ser el primero?
- ¿Importa?
- Claro que sí. Quien hag el primer movimiento será quien demuestre que tiene menos orgullo o que le importa más la relación, ¿no te parece?
- No. De poco importa quien inicia un cambio si nadie le sigue, ¿no te parece?
- Ya veo.
- Ahora bien, podéis seguir así infinitamente, esperando que sea el otro es que de su brazo a torcer o quien se lleve el mérito del cambio. Mientras tanto, seguid sufriendo...
Mostrando entradas con la etiqueta Emociones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Emociones. Mostrar todas las entradas
martes, 24 de julio de 2018
domingo, 12 de febrero de 2017
Sobre la valentía, la temeridad y la cobardía
Cuando trabajé en el Institut de Seguretat Pública de Catalunya (ISPC) conocí mucha gente interesante y me pasaron cosas que me enseñaron mucho, pero ninguna como la que me aconteció con un bombero en los primeros años que trabajé allí. En la cafetería coincidíamos psicólogos, abogados, bomberos y por supuesto, mossos d'esquadra. Había un pequeño grupo de bomberos con el que tomaba café a menudo, pero que no los conocía por sus nombres, sólo tomábamos café y bromeábamos sobre las anécdotas de los alumnos. Un día, uno de ellos me pidió si podíamos tomar el café a solas ya que deseaba hacerme unas preguntas sobre psicología y si le podía aconsejar.
Cuando estábamos en una mesa apartados me comentó que estaba muy mal con su pareja, que tenían broncas continuamente y que no encontraban la manera de reconducir la situación. Él sentía que estaba a punto de arrojar la toalla porque la situación se estaba prolongando demasiado. Yo le dije que me dedicaba a buscar soluciones, y que la mejor en su caso era buscar un abogado, por el hastío que me explicaba. Pero él no parecía oírme.
Me dijo que llevaba más de 15 años con su pareja, que todo había ido muy bien hasta hace un año y medio, y que desde entonces todo habían sido problemas.
- ¿Qué ocurrió hace un año y medio para que todo cambiase? - Le pregunté.
- Creo que todas las discusiones arrancaron desde que me concedieron la medalla de los cojones.
- ¿Tus problemas de pareja empiezan porque te dieron una medalla? - Imaginad mi sorpresa.- ¿Qué tipo de medalla?
Según me explicó le concedieron una medalla al valor, o como se llamen, porque les llamaron de un incendio en una casa y cuando llegaron se encontraron a una mujer muy angustiada porque que hijo pequeño estaba dentro. Él entró en el edificio y salió con el niño. La madre no sólo se mostró muy agradecida si no que además redactó algún tipo de agradecimiento y se le concedió la medalla.
¿Por qué una medalla al valor (o profesionalidad) pudo llegar a ser el impulsor de una crisis de pareja? Esa pregunta me la llevaba haciendo desde que me lo mencionó, y claro, como no me sé estar callado, se la hice.
- Mi pareja se puso como loca de contenta cuando se lo dije. Quería decírselo a todo el mundo, ¿sabes?
- Normal, ¿no?
- ¿Por qué normal?
- Debía estar orgullosa de ti. No todos los días nos reconocen las cosas buenas que hacemos, y menos con una medalla, ¿no teparece? - A mi me parecía que mi lógica era aplastante.
- Pues yo no estoy orgullos de esa medalla. En absoluto. Así que le dije que nada de ir diciéndolo por ahí, y tampoco a la familia. Esto es algo que debe quedar entre ella y yo. Se lo dije porque a la recogida quedaría muy raro si no aparezco con la pareja, porque si no, ni a ella se lo hubiese dicho.
Le dije que la humildad puede ser un rasgo que, en mi opinión, llevado al extremo puede resultar incomprensible para los demás, y que tal vez debería explicarle a su pareja que él no se sentía cómodo siendo el centro de atención. Para mi era algo extraño, porque en los cafés en los que coincidíamos parecía disfrutar de su participación en las bromas, incluso me pareció muy extravertido...
Finalmente, después de un rato de conversación me dijo que él no era merecedor de esa medalla porque en ningún momento fue valiente. Imaginaos mi sorpresa, Un tipo entra a un edificio, que en mi imaginación estaba en llamas, y sale con un niño vivo, que si no hubiese entrado tal vez hubiese muerto. Cuando le expresé mis dudas me dijo:
- Yo no fui un valiente. Fui un cobarde. Tú no te puedes imaginar el miedo que pasé. No te haces ni idea. Pasé tanto miedo que me mee encima. ¡Ya está! ¡Ya lo he dicho! ¿Te parece que un valiente se mee encima del miedo? ¿Eh?
- Depende - Esta es la respuesta más utilizada por los psicólogos jóvenes, genera sorpresa y permite pensar - Depende de lo que tú consideres que es ser valiente.
- Valiente es lo contrario de cobarde, que es una persona que tiene miedo. - Me contestó a bocajarro.
- Veamos... ¿Una persona valiente no tiene miedo?
- Supongo que algo puede tener, claro.
- Si tiene miedo, aunque sea un poco, no puede ser el contrario, ¿no te parece?
- No sé yo... - por primera vez dudaba desde que comenzamos a conversar.
- Yo no soy bombero, no tengo ni idea de vuestros protocolos de actuación ni de vuestros procedimientos, pero, ¿cómo hubieses entrado en ese edificio si no hubieses tenido miedo?
La respuesta de él fue inmediata, y visualmente muy graciosa:
- Hubiese entrado corriendo, con el hacha en la mano y gritando Geronimo.
- ¿Y qué es lo que probablemente hubiese pasado?
- Me habría matado. En los incendios hay que tener mucho cuidado donde pisas y por donde vas...
- Y si tú te hubieses matado, ¿qué habría pasado con el niño?
- No lo sé. Más riesgo rescatarlo, eso seguro.
- Entonces podríamos concluir que el hecho de tener miedo te dio más posibilidades de salir con vida, ¿no crees?
- Visto así...
- Aristóteles dijo algo así como que la valentía es la dorada mediocridad que se sitúa entre la cobardía y la temeridad. Creo que los bomberos no han de ser temerarios, ¿no?
- Claro que no.
- Pues creo que le debes una disculpa a tu pareja...
La verdad es que no me volvió a mencionar el tema en los pocos cafés que tomamos juntos ese curso. A mi me cambiaron horarios poco después y creo que a él lo trasladaron a otro sitio. Pero en las pocas veces que lo vi siempre presté atención a un detalle: siguió llevando su anillo de boda en la mano. Tal vez tuvo la valentía de ser humilde con su pareja finalmente...
lunes, 25 de julio de 2016
¿Espejismo emocional? ¿Sesgos emocionales?
Una ilusión sensorial es aquella que se produce cuando interpretamos de manera errónea cualquier información que proviene de nuestros sentidos sensoriales. Por ejemplo, la vista funciona correctamente pero la información que provee al cerebro no es fiable por estar distorsionada, alterada o sobreexpuesta. Todos conocemos el ejemplo de los espejismos en el desierto, pero existen otras muchas alteraciones sensoriales que podéis consultar aquí, y aquí, pero, ¿puede ocurrir algo parecido con las emociones?
Las emociones nos proporcionan información que nos ayuda a guiar nuestra conducta con el fin conseguir llegar a un estado de homeostasis que, por cualquier circunstancia, hemos perdido. Pero, como toda fuente de información, puede estar equivocada... en mi opinión son como un séptimo sentido.
La información emocional es muy subjetiva, y esta subjetividad está muy influida por nuestros aprendizajes, por ese motivo hay tantas entre diferentes personas a la hora de reaccionar emocionalmente a un estímulo, personas que sienten rabia, otros miedo, otros pena, etc... ¿Cúal es la emoción correcta para cada estímulo? No hay reacción emocional correcta a priori, ya que además de las diferencias individuales hemos de tener muy en cuenta que cada circunstancia puede modificar la percepción emocional.
Creer que la información emocional es cierta de per se nos hace esclavos de ella. Siempre resulta una mejor opción tener más opciones, y eso nos lo brindará un análisis lógico de lo que sentimos.
Un ejemplo claro de espejismo emocional nos lo brinda la culpa. ¿Cuántas veces nos hemos sentido culpables y hasta hemos reaccionado expresando este sentimiento para luego descubrir que no teníamos motivos para creerlo? Pero una vez que has expresado la culpa, es muy difícil desdecirse, o al menos que se acepte tu rectificación. No hay nada más cómodo que cuando alguien carga con las culpas.
Que sintamos algo no significa necesariamente que sea así. Tomémonos un tiempo para reflexionar sobre lo que sentimos, sobre si tiene base para ser así, sobre si es indicado, y sobre cómo nos conviene expresarlo, cuándo y para qué. Tal vez así consigamos vivir con menos miedos, rabia, tristeza, culpa y vergüenza, y con un poco más de tranquilidad y satisfacción.
Las emociones nos proporcionan información que nos ayuda a guiar nuestra conducta con el fin conseguir llegar a un estado de homeostasis que, por cualquier circunstancia, hemos perdido. Pero, como toda fuente de información, puede estar equivocada... en mi opinión son como un séptimo sentido.
La información emocional es muy subjetiva, y esta subjetividad está muy influida por nuestros aprendizajes, por ese motivo hay tantas entre diferentes personas a la hora de reaccionar emocionalmente a un estímulo, personas que sienten rabia, otros miedo, otros pena, etc... ¿Cúal es la emoción correcta para cada estímulo? No hay reacción emocional correcta a priori, ya que además de las diferencias individuales hemos de tener muy en cuenta que cada circunstancia puede modificar la percepción emocional.
La información emocional, lo mismo que ocurre con la información sensorial, ha de ser procesada por el córtex, que es la parte del cerebro donde se toman las decisiones, pero hay quien se salta este paso y da veracidad a la información emocional por el simple hecho de haberla sentido. No es algo tan raro, pasa lo mismo con la información sensorial: "lo vi con mis propios ojos" "lo escuché nítidamente", etc...
Creer que la información emocional es cierta de per se nos hace esclavos de ella. Siempre resulta una mejor opción tener más opciones, y eso nos lo brindará un análisis lógico de lo que sentimos.
Un ejemplo claro de espejismo emocional nos lo brinda la culpa. ¿Cuántas veces nos hemos sentido culpables y hasta hemos reaccionado expresando este sentimiento para luego descubrir que no teníamos motivos para creerlo? Pero una vez que has expresado la culpa, es muy difícil desdecirse, o al menos que se acepte tu rectificación. No hay nada más cómodo que cuando alguien carga con las culpas.
Que sintamos algo no significa necesariamente que sea así. Tomémonos un tiempo para reflexionar sobre lo que sentimos, sobre si tiene base para ser así, sobre si es indicado, y sobre cómo nos conviene expresarlo, cuándo y para qué. Tal vez así consigamos vivir con menos miedos, rabia, tristeza, culpa y vergüenza, y con un poco más de tranquilidad y satisfacción.
lunes, 29 de septiembre de 2014
Saber Vomitar
- ¿Cómo acabó?
- Perdí los nervios de mala manera.
- ¿Cómo?
- Gritos, insultos, cara desencajada, lo típico... supongo.
- ¿Fue útil?
- No lo creo. Me siento hecha polvo, una mierda vamos...
- ¿Eso significa...?
- Culpa, vergüenza, rabia y tristeza.
- Te falta miedo.
- No, miedo no tengo. Si acaso lo deben tener ellos que fueron quienes me vieron perder la cabeza...
- ¿Por qué crees que te ocurrió?
- Por débil.
- ¿Perdona?
- Si fuese una persona más fuerte de lo que soy habría podido aguantarme y no habría dado esa imagen deplorable que di.
- ¿Te preocupa la imagen o lo que querías transmitir?
- Las dos cosas. Lo que ocurre es que me perdieron las formas y supongo que lo que quería decir ha pasado desapercibido... Es la historia de mi vida, ¿sabes? siempre quedando fatal cuando creo que tengo la razón, o al menos motivos suficientes como para quejarme...
- ¿Y sigues creyendo que esto te ocurre por no ser lo suficientemente fuerte?
- Claro. Si fuese fuerte, si fuese una persona con carácter mi vida habría sido mejor.
- ¿Cómo de mejor?
- No habría perdido gente que echo de menos, no tendría tantos remordimientos, ni vergüenza... Pierdo los nervios de una manera muy insoportable y debería aguantarme más...
- Tal vez lo que te esté ocurriendo es que tienes episodios de bulimia emocional.
- ¿Eso existe?
- Bueno, podríamos decir que es un diagnóstico alternativo que explica muy acertadamente lo que te ocurre. Mira, a nivel emocional te llenas hasta casi desbordarte. Llegado a este punto lo que haces es aguantar, sometiendo a más presión a las emociones, concentrándolas, y sigues llenándote hasta que no puedes más y tienes que vomitarlo todo o revientas.
- Supongo que reventar es una mucho peor opción...
- Por supuesto, es mejor vomitar, pero conviene hacerlo bien.
- Si hay una forma adecuada de hacerlo la quiero saber.
- Ya la conoces. Vamos a ver, cuando comes más de la cuenta o la comida te sienta mal y tienes ganas de vomitar, ¿qué haces?
- Si puedo voy corriendo al lavabo.
- Necesito que especifiques más.
- Bueno, vomito en la taza del water.
- ¿Cómo vomitas? Quiero decir, ¿qué postura adoptas?
- Me pongo de rodillas y casi meto la cabeza en la taza.
- ¿Por qué lo haces así?
- Para no salpicar, para no ensuciar y no tener que limpiarlo luego.
- Claro... ¿Por qué no haces lo mismo a nivel emocional?
- ¿Hay una taza de water en la que pueda vomitar a nivel emocional?
- Por supuesto que la hay.
- ¿Cuál es?
- Cualquier libreta. Y en ella puedes vomitar al principio y trabajar emocionalmente adecuadamente después para evitar futuros vómitos incontrolables.
- Perdí los nervios de mala manera.
- ¿Cómo?
- Gritos, insultos, cara desencajada, lo típico... supongo.
- ¿Fue útil?
- No lo creo. Me siento hecha polvo, una mierda vamos...
- ¿Eso significa...?
- Culpa, vergüenza, rabia y tristeza.
- Te falta miedo.
- No, miedo no tengo. Si acaso lo deben tener ellos que fueron quienes me vieron perder la cabeza...
- ¿Por qué crees que te ocurrió?
- Por débil.
- ¿Perdona?
- Si fuese una persona más fuerte de lo que soy habría podido aguantarme y no habría dado esa imagen deplorable que di.
- ¿Te preocupa la imagen o lo que querías transmitir?
- Las dos cosas. Lo que ocurre es que me perdieron las formas y supongo que lo que quería decir ha pasado desapercibido... Es la historia de mi vida, ¿sabes? siempre quedando fatal cuando creo que tengo la razón, o al menos motivos suficientes como para quejarme...
- ¿Y sigues creyendo que esto te ocurre por no ser lo suficientemente fuerte?
- Claro. Si fuese fuerte, si fuese una persona con carácter mi vida habría sido mejor.
- ¿Cómo de mejor?
- No habría perdido gente que echo de menos, no tendría tantos remordimientos, ni vergüenza... Pierdo los nervios de una manera muy insoportable y debería aguantarme más...
- Tal vez lo que te esté ocurriendo es que tienes episodios de bulimia emocional.
- ¿Eso existe?
- Bueno, podríamos decir que es un diagnóstico alternativo que explica muy acertadamente lo que te ocurre. Mira, a nivel emocional te llenas hasta casi desbordarte. Llegado a este punto lo que haces es aguantar, sometiendo a más presión a las emociones, concentrándolas, y sigues llenándote hasta que no puedes más y tienes que vomitarlo todo o revientas.
- Supongo que reventar es una mucho peor opción...
- Por supuesto, es mejor vomitar, pero conviene hacerlo bien.
- Si hay una forma adecuada de hacerlo la quiero saber.
- Ya la conoces. Vamos a ver, cuando comes más de la cuenta o la comida te sienta mal y tienes ganas de vomitar, ¿qué haces?
- Si puedo voy corriendo al lavabo.
- Necesito que especifiques más.
- Bueno, vomito en la taza del water.
- ¿Cómo vomitas? Quiero decir, ¿qué postura adoptas?
- Me pongo de rodillas y casi meto la cabeza en la taza.
- ¿Por qué lo haces así?
- Para no salpicar, para no ensuciar y no tener que limpiarlo luego.
- Claro... ¿Por qué no haces lo mismo a nivel emocional?
- ¿Hay una taza de water en la que pueda vomitar a nivel emocional?
- Por supuesto que la hay.
- ¿Cuál es?
- Cualquier libreta. Y en ella puedes vomitar al principio y trabajar emocionalmente adecuadamente después para evitar futuros vómitos incontrolables.
martes, 12 de agosto de 2014
La impotencia y la desidia
- Yo he sido toda mi vida igual, para lo bueno y para lo malo, es algo inherente a mi forma de ser.
- Supongo que lo que todo el mundo desea es ser de una manera determinada para lo bueno y poder ser otra para lo malo.
- ¿Qué garantiza eso? Si soy diferente no quiere decir que vaya a ir bien, por tanto, más vale lo que ya conozco, ¿no te parece?
- Es tu opción. Si repites siempre el mismo comportamiento y no obtienes la respuesta que deseas ni una respuesta diferente que te permita pensar algo distinto, en mi opinión se trata de un claro caso de desperdicio de opciones.
- ¿Y por qué tengo que cambiar? ¿Y si me gusta ser así?
- Sigue así. No te debe haber ido tan mal si no deseas cambiar.
- ¡Sí que me ha ido mal! Pero no en todo, por supuesto.
- Cuando uno decide hacer un proceso de psicoterapia es porque considera que lo malo ya no es soportable por lo bueno.
- ¡Claro! Pero esa no es la cuestión.
- ¿Cuál es la cuestión?
- Yo no creo que pueda cambiar.
- ¿Y eso por qué es así?
- Porqué no puedo, no puedo, no lo veo... No entiendo qué quieres de mi...
- Lo que yo necesito saber sobre tu imposibilidad de cambio es muy importante para que pueda decidir si te puedo ayudar profesionalmente.
- ¿Por qué?
- Tal y como yo lo veo hay dos posibilidades que explican tu incapacidad de cambio. La primera es favorable a un proceso de terapia: la impotencia. Ésta se puede dar por incapacidad o por miedo, pero en ambos casos muestra que tu actitud es favorable al cambio y sólo hay que cambiar los condicionantes, internos o externos que no favorecen.
- ¿Y la segunda?
- La segunda no favorece el cambio de ninguna manera. Es una posibilidad claramente actitudinal, y yo me declaro impotente contra ella.
- ¿Cuál es?
- La desidia.
- Supongo que lo que todo el mundo desea es ser de una manera determinada para lo bueno y poder ser otra para lo malo.
- ¿Qué garantiza eso? Si soy diferente no quiere decir que vaya a ir bien, por tanto, más vale lo que ya conozco, ¿no te parece?
- Es tu opción. Si repites siempre el mismo comportamiento y no obtienes la respuesta que deseas ni una respuesta diferente que te permita pensar algo distinto, en mi opinión se trata de un claro caso de desperdicio de opciones.
- ¿Y por qué tengo que cambiar? ¿Y si me gusta ser así?
- Sigue así. No te debe haber ido tan mal si no deseas cambiar.
- ¡Sí que me ha ido mal! Pero no en todo, por supuesto.
- Cuando uno decide hacer un proceso de psicoterapia es porque considera que lo malo ya no es soportable por lo bueno.
- ¡Claro! Pero esa no es la cuestión.
- ¿Cuál es la cuestión?
- Yo no creo que pueda cambiar.
- ¿Y eso por qué es así?
- Porqué no puedo, no puedo, no lo veo... No entiendo qué quieres de mi...
- Lo que yo necesito saber sobre tu imposibilidad de cambio es muy importante para que pueda decidir si te puedo ayudar profesionalmente.
- ¿Por qué?
- Tal y como yo lo veo hay dos posibilidades que explican tu incapacidad de cambio. La primera es favorable a un proceso de terapia: la impotencia. Ésta se puede dar por incapacidad o por miedo, pero en ambos casos muestra que tu actitud es favorable al cambio y sólo hay que cambiar los condicionantes, internos o externos que no favorecen.
- ¿Y la segunda?
- La segunda no favorece el cambio de ninguna manera. Es una posibilidad claramente actitudinal, y yo me declaro impotente contra ella.
- ¿Cuál es?
- La desidia.
lunes, 5 de agosto de 2013
Sobre la pereza y el miedo
“No expliques por pereza aquello
que puedas explicar por cobardía”
La mayoría de las ocasiones en que alguien rechaza hacer
algo argumenta falta de ganas, pereza, vagancia. Algunos psicólogos creemos que
esto no es un motivo, es una excusa, y que en realidad el motivo que lleva a la
persona a rechazar lo que se les propone es el miedo.
Resulta muy conveniente tener clara la diferencia entre las
emociones y las actitudes, debido, sobre todo, a que las primeras son
generadoras de conductas y las segundas marcos conceptuales para organizar las
mismas.
En general preferimos exponer en público nuestras actitudes
a nuestras emociones. ¿Por qué? Tal vez sea porque las emociones las vivimos
más intensamente, son más difíciles de cambiar y forman parte de nuestra
identidad desde antes de la incorporación del lenguaje a nuestras vidas. Por
este motivo preferimos exponer nuestras actitudes, y la pereza resulta una
actitud, no una emoción, y recordemos que las actitudes no generan, por sí mismas,
conductas.
Dentro de las emociones primarias que vivimos el miedo es la
más potente a la hora de generar conductas que buscan la supervivencia del
individuo. Y, como seres sociales que somos, también podemos sufrir “miedo
social”, es decir, miedo a que se vea cuestionada o atacada nuestra identidad o
estatus social, por lo que generaremos muchas conductas destinadas a salvarla.
Al hablar de miedo asociamos inmediatamente dos posibles
actitudes como organizadoras de la conducta, la valentía, y sobre todo, la
cobardía. La mayoría de nosotros tendemos a percibir a las personas de nuestro
entorno como más valientes que nosotros, o si lo preferís, nos percibimos a nosotros mismos como cobardes respecto a nuestro
entorno.
Pero que nosotros nos veamos así no implica que nos guste
ser evaluados por los demás como cobardes. Por tanto, ante una situación que
provoca miedo y por tanto una actitud de cobardía, hay que buscar una salida
honrosa, o más honrosa que la cobardía, y la pereza lo es. “No es que no quiera o que no me atreva, es que
paso (me da pereza)”
Así, preferimos pasar por la vida como perezosos, vagos o
indolentes, pero no se notará que estamos cagados de miedo. Si llegados a este
punto del artículo alguien se identifica y se conforma, que deje de leer lo que
viene a continuación, puesto que me propongo ofrecer una solución sencilla a
este pequeño nudo gordiano. Por favor, que sólo sigan leyendo los
inconformistas.
Como en casi todos los conflictos psicológicos la solución
está intrínsecamente relacionada con el significado real de las palabras que
utilizamos.
La mayoría de nosotros estaremos de acuerdo en que cobarde
es aquella persona que se deja desbordar por el miedo, pero, ¿qué significa
valiente? La inmensa mayoría de las personas cree que valiente es aquella
persona que no tiene miedo, que no lo sufre, y eso es un error, un error muy
grave.
Una persona valiente es aquella que tiene miedo pero sabe
gestionarlo eficientemente para obtener su objetivo. Quien no tiene miedo es un
temerario, y la diferencia entre el cobarde y el temerario es que le primero
está muerto de miedo y el segundo suele estar muerto. Y punto.
Ya lo decía Aristóteles, que fue el primer psicólogo
constructivista de la historia: “La
valentía es la dorada mediocridad, que se sitúa entre la cobardía y la
temeridad”
Por tanto, el hecho de sentir miedo no implica ser cobarde,
estaremos de acuerdo en que muchos de los que se consideran cobardes son
valientes en potencia, o valientes que no saben cómo serlo. Y esta diferencia,
que puede parecer muy pequeña, es de vital importancia, ya que es más fácil
modificar una actitud hacia un término medio que de forma polarizada, y es más
fácil cambiar una actitud que una emoción primaria. Si conseguimos pasar a
sentirnos valientes o “menos cobardes” estaremos facilitando la posibilidad de
organizar nuevas conductas que acabarán por modificar nuestra capacidad de
gestionar momentos críticos.
En este caso, ya no se trataría de ser perezoso o ser
cobarde, no, se trataría de tener voluntad de aprender, asumiendo que somos lo
bastantes humildes como para reconocer que no sabemos.
A menos que uno sea perezoso para aprender cosas nuevas…
pero eso no es más que un imbécil.
miércoles, 2 de enero de 2013
Emociones secundarias
- ¿Me estás intentando decir que la envidia es buena?
- Por supuesto que es buena. ¿Por qué iba a resultar mala?
- Porqué duele. La envidia hace daño a quien la siente, y a quien se dirige.
- No, en eso estás muy equivocada, la envidia te proporciona información muy útil para la gestión de tus deseos.
- ¿Conoces la historia de la luciérnaga y la serpiente?
- No, cuéntamela.
![]() | ||
| http://lasrutasdeangelica.blogspot.com.es |
ésta huía rápido con miedo, de la feroz depredadora, y la serpiente no pensaba desistir.
Huyó un día, y ella no desistía, dos días y nada.
Al tercer día, ya sin fuerzas, la luciérnaga paró y le dijo a la serpiente:
- ¿Puedo hacerte tres preguntas?
- No acostumbro a dar este precedente a nadie, pero como igual te voy a devorar, puedes preguntar.
- ¿Pertenezco a tu cadena alimenticia?
- No, contestó la serpiente.
- ¿Yo te he hecho algún mal? - No, volvió a responder.
- Entonces, ¿Por qué quieres acabar conmigo?
- ¡Porque no soporto verte brillar........!
- Ya veo... ¿No te das cuenta que me estás dando la razón?
- ¿Qué? A mi me parece que la moraleja está muy clara, la envidia mueve a la serpiente a realizar conductas destructivas, no a encontrar su propia luz.
- Jajaja, sí, claro, ese sería un primer análisis y, si me lo permites, sería muy básico... Casi diría que es simplista.
- ¿Qué? A mi me parece un cuento de lo más aleccionador.
- Tal vez ese sea el problema, que es demasiado aleccionador y no ayuda a pensar. Veamos, ¿conoces la diferencia entre las emociones primarias y las secundarias?
- No.
- Bien, las emociones primarias son las que sentimos cuando un estímulo externo nos provoca, las emociones secundarias son aquellas que nosotros expresamos.
- ¿Qué quieres decir?
- Aplicado al cuento que me has contado, la serpiente al ver la luz de la luciérnaga siente envidia. En este punto los dos estamos totalmente de acuerdo. Pero lo que expresa la serpiente es otra emoción, es rabia. Siente rabia de que la luciérnaga tenga luz y ella no.
- ¿Y?
- Que si se hubiese movido por la envidia habría pensado en cómo conseguir la luz, no en como destruirla. La envidia es necesaria, te señala qué es lo que deseamos. El problema es cómo gestionamos ese deseo, e incluso más grave es cómo gestionamos la frustración de no obtenerlo...
- Que si se hubiese movido por la envidia habría pensado en cómo conseguir la luz, no en como destruirla. La envidia es necesaria, te señala qué es lo que deseamos. El problema es cómo gestionamos ese deseo, e incluso más grave es cómo gestionamos la frustración de no obtenerlo...
Dedicado a Lorena Pérez, discutir temas con ella genera ideas. ¡Gracias!
lunes, 17 de diciembre de 2012
Interpretar la culpa
"Para ser útil, toda emoción ha de durar cinco
minutos y provocar un cambio de conducta"
minutos y provocar un cambio de conducta"
- ¿Qué ha pasado?
- Más de lo mismo. Me envía mensajes, me llama, pero siempre acabamos como el rosario de la aurora...
- ¿Y eso?
- Empieza con un tono un suave, tranquilo, y realmente da la sensación de que podremos tener una conversación tranquila, algo que nos permita conservar la amistad. Pero enseguida comienza a intentar dar pena, me explica lo mal que lo está pasando, lo mucho que me echa de menos, que se arrepiente de los errores que cometió, las ganas que tiene de demostrarme sus ganas de cambiar...
- ¿Para qué crees que hace esto?
- Para volver conmigo.
- ¿Lo consigue?
- No.
- ¿Por qué?
- Yo no la dejé para que ella sufra, la dejé para estar yo bien, para no sufrir, y ahora no sufro, ahora disfruto de cada momento. Con ella eso era imposible...
- ¿Se lo has dicho?
- Con estas palabras, no. Pero creo que queda claro. ¿Qué pudo hacer para que esto no acabe más liado de lo que está. Me gustaría conservar algo bueno y cada vez parece más difícil.
- En ocasiones la mejor opción es la no acción. Si no hay nada que puedas hacer, es mejor no hacer nada. Tal vez lo que pasa es que haces y eso le confunde.
- ¿Por qué lo confunde?
- Porqué le das un trato de favor, de prioridad, que no corresponde.
- ¿Y qué hago con como me siento?
- ¿Cómo te sientes?
- Como si hiciese algo mal...
- ¿Culpable?
- Sí.
- ¿Tienes motivos?
- No.
- Pues entonces no hagas caso a lo que sientes. Es una emoción, no es una certeza.
- Pero si lo siento...
- Las emociones son producto tuyo, no son certezas. Sientes algo, pero has de analizarlo. Cuando tienes rabia no siempre te defiendes, cuando tienes miedo no siempre huyes...
- Entonces, ¿no siempre que me siento culpable tengo motivos?
- Exacto. Sobre todo si tu conducta de disculpa no surte el efecto deseado...
lunes, 24 de septiembre de 2012
Amor y el aliño de las ensaladas
- ¿Por qué no te separas de ella?
- Porqué la quiero.
- Ah, bueno, eso...
- ¿Qué quieres decir?¿Acaso no es un motivo suficientemente bueno amarla?
- Suficientemente bueno sí, pero suficientemente suficiente, no.
- ¿Acaso desprecias el amor?
- Nunca se me ocurriría hacer eso, pero, ¿Sabes una cosa?
- ¿Qué?
- La mayoría de actos de violencia se cometen en el nombre del amor. Y, creo que en el buen funcionamiento de una pareja es muy importante el amor, es na condición necesaria, pero no suficiente.
- ¿Qué más hace falta?
- Respeto, confianza, comunicación, tolerancia, educación, lealtad, proyectos comunes, intimidad, fidelidad, esfuerzo... Así, improvisando.
- Ya...
- ¿Qué es lo que falta en tu pareja?
- Creo que la mayoría de lo que has dicho... Por no decir todo.
- ¿Y cómo puedes amarla si falta todo eso?
- Esa es la pregunta que me carcome. ¿No puede funcionar una relación de pareja sólo con amor?
- En mi opinión, no.
- ¿Por qué? ¿No dicen que el amor es tan i portante en nuestras vidas?
- También lo es la falta de sufrimiento...
- Joder...
- Mira, ¿Te gusta la ensalada cesar?
- Me encanta.
- ¿Qué ingrediente es el que te la hace tan apetecible?
- La salsa.
- De acuerdo. Esta os de acuerdo que la salsa es un ingrediente necesario, ¿Pero es un ingrediente suficiente?
- No, hace falta más ingredientes para hacer una ensalada...
- ¿Has probado a comer salas cesar a cucharadas?
- ¡No! No creo que me gustase...
lunes, 2 de abril de 2012
La culpa y la vergüenza...
- Después de todo lo que pasó y después de haberle dado muchas vueltas, lo que me queda es un sentimiento que me jode, porque, aunque yo no fui del todo responsable de lo que sucedió, me siento culpable, y de alguna manera me gustaría pedir disculpas. Pero hay algo que me lo impide…
- ¿Te sientes culpable?
- Sí.
- Pero hay incongruencias en lo que dices. Por ejemplo, ¿cómo puedes sentirte culpable si dices que no fuiste del todo responsable de lo que sucedió?
- Sí, es cierto, pero es como me siento.
- Tal vez es que no te sientas culpable, tal vez estás confundiendo la culpa con otra emoción…
- ¿Se puede confundir emociones?
- Bueno, la verdad es que hay personas que las confunden continuamente, y algunas ni siquiera saben qué es lo que sienten, si es que sienten algo. Pero la verdad es que no recibimos ningún tipo de educación sobre cómo distinguir las emociones, lo hacemos en función de lo que escuchamos y vemos hacer a los adultos de nuestro entorno cuando somos niños.
- Sí, claro, no tuve clases de emociones en mi formación académica. Pero, ¿con qué emoción puedo confundir la culpa?
- Veamos, si yo te digo cuatro emociones básicas a ver con cuál de ellas te parece a ti que tiene más parecido emocional: rabia, miedo, vergüenza y tristeza.
- Hombre… así mismo, diría que la podría confundir con, ¿vergüenza?
- Es la más probable, sí.
- ¿Y esto para qué me sirve? Quiero decir, vale, asumamos que me siento avergonzada en lugar de culpable, ¿no estamos cambiando únicamente la etiqueta de cómo me siento?
- Ni de coña. La verdad es que en este caso la etiqueta es de suma importancia, y eso es debido a que las emociones tienen como objetivo guiar tu conducta a conseguir un determinado objetivo…
- ¿Qué objetivo tiene la culpa?
- Reparar el daño causado o disculparse para aliviar la tensión relacional.
- Ya, y la vergüenza tendrá como objetivo apartarme, esconderme…
- Correcto, así puedes salvar algo de orgullo.
- Entonces, si yo me siento avergonzada por todo lo sucedido y lo confundo con sentirme culpable, ¿en qué me perjudica?
- Yo diría que si tú reaccionas a la culpa pedirás disculpas, pero eso sería lo contrario de lo que te deberías hacer si te sientes avergonzada, por lo que en lugar de dar sentido a la emoción y hacer que se reduzca, lo que harás será aumentarla, ya que te estarás exponiendo más.
- Ya. (…) Así visto, tal vez pueda entender porqué en muchas ocasiones parece que más que sentirme mejor al expresar cómo me siento, me siento peor.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Desde mi rencor...
- ¿Te vas a quedar callado?
- Creo que es la mejor opción.
- ¡Pues ya me dirás!
- ¿Te molesta?
- ¡Es que no te molestas en contestar mi pregunta!
- No tengo la respuesta que deseas.
- ¿La respuesta que deseo? ¡Será la respuesta que tú me puedas dar! ¡Para eso eres el profesional!
- De todas esas respuestas que yo te pueda llegar a dar, ninguna es aceptable para ti en este momento.
- O sea, que te rindes...
- Si lo quieres ver así...
- ¡No! Me estás vacilando. Te he formulado una pregunta sencilla, te he mostrado mi dolor y tú no te niegas a contestarme.
- Lamento que creas eso, pero ya te he dicho que no hay ninguna respuesta que pueda ser útil para ti en este momento.
- ¿Por qué?
- Porque no hay respuesta capaz de calmar el dolor de una pregunta formulada desde el rencor.
- Creo que es la mejor opción.
- ¡Pues ya me dirás!
- ¿Te molesta?
- ¡Es que no te molestas en contestar mi pregunta!
- No tengo la respuesta que deseas.
- ¿La respuesta que deseo? ¡Será la respuesta que tú me puedas dar! ¡Para eso eres el profesional!
- De todas esas respuestas que yo te pueda llegar a dar, ninguna es aceptable para ti en este momento.
- O sea, que te rindes...
- Si lo quieres ver así...
- ¡No! Me estás vacilando. Te he formulado una pregunta sencilla, te he mostrado mi dolor y tú no te niegas a contestarme.
- Lamento que creas eso, pero ya te he dicho que no hay ninguna respuesta que pueda ser útil para ti en este momento.
- ¿Por qué?
- Porque no hay respuesta capaz de calmar el dolor de una pregunta formulada desde el rencor.
lunes, 21 de febrero de 2011
Explosión e implosión
Hay dos tipos de sufrimiento, el sufrimiento puntual y el que es continuado en el tiempo. Ambos tienen sus peculiaridades, y sus puntos negativos, pero siempre es peor el segundo, deja más gente rota que dañada en comparación con el primero.
Respecto al sufrimiento mantenido en el tiempo encontramos dos tipos de personas, las que explotan y las que implosionan, pero cabe señalar que ambas sufren, y mucho, su única diferencia es la forma de expresarlo. El principal problema que se da entre estos dos tipos de personas es que, a pesar del sufrimiento, no son capaces de darse cuenta del sufrimiento del otro.
Esto se da por desconocimiento, no por malicia, pero conlleva en todos los casos un extra de angustia cuando estas personas tienen entre sí una relación firme (de pareja, familiar, amistad, etc)
Las personas explosivas sacuden su rabia, provocan una situación de tensión añadida que puede tapar el conflicto inicial. Suelen provocar una zona de vacio a su alrededor ya que los demás pueden interpretar sus reacciones emocionales como exageradas y alejarse. Este alejamiento de los demás les hace sentir más soledad y por tanto, intentan repararlo con una nueva explosión que provoca más alejamiento. No se libran del insulto etiquetador, se les llama "histéricos/as".
Las personas implosivas hacen lo mismo pero al revés, explotan hacia adentro. No se comunican con los demás, se lo guardan y nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que sienten. Algunos se acercan a interesarse, pero no pueden acceder a ellos ya que los implosivos gestionan el miedo hacia el recelo. Esto les hace sentir también la soledad, y cada vez se centran más en ellos mismos y se sienten más aislados. Tampoco se libran del insulto etiquetador, "raritos" "freakies"o directamente "esquizoides".
Todos tenemos una parte explosiva y una parte implosiva, por lo general con una mayor tendencia hacia una o hacia otra, pero parece que, o no lo sabemos, o no aprendemos de nosotros mismos para utilizar este conocimiento en ayuda de aquellos que sufren.
Respecto al sufrimiento mantenido en el tiempo encontramos dos tipos de personas, las que explotan y las que implosionan, pero cabe señalar que ambas sufren, y mucho, su única diferencia es la forma de expresarlo. El principal problema que se da entre estos dos tipos de personas es que, a pesar del sufrimiento, no son capaces de darse cuenta del sufrimiento del otro.
Esto se da por desconocimiento, no por malicia, pero conlleva en todos los casos un extra de angustia cuando estas personas tienen entre sí una relación firme (de pareja, familiar, amistad, etc)
Las personas explosivas sacuden su rabia, provocan una situación de tensión añadida que puede tapar el conflicto inicial. Suelen provocar una zona de vacio a su alrededor ya que los demás pueden interpretar sus reacciones emocionales como exageradas y alejarse. Este alejamiento de los demás les hace sentir más soledad y por tanto, intentan repararlo con una nueva explosión que provoca más alejamiento. No se libran del insulto etiquetador, se les llama "histéricos/as".Las personas implosivas hacen lo mismo pero al revés, explotan hacia adentro. No se comunican con los demás, se lo guardan y nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que sienten. Algunos se acercan a interesarse, pero no pueden acceder a ellos ya que los implosivos gestionan el miedo hacia el recelo. Esto les hace sentir también la soledad, y cada vez se centran más en ellos mismos y se sienten más aislados. Tampoco se libran del insulto etiquetador, "raritos" "freakies"o directamente "esquizoides".
Todos tenemos una parte explosiva y una parte implosiva, por lo general con una mayor tendencia hacia una o hacia otra, pero parece que, o no lo sabemos, o no aprendemos de nosotros mismos para utilizar este conocimiento en ayuda de aquellos que sufren.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Vivir con miedo
El miedo es una emoción básica y muy necesaria para la supervivencia. Simple. Eso no quiere decir en ningún caso que sea agradable. Estaremos todos de acuerdo que no lo es. Claro que pasar un poco de miedo con una película puede gustarnos, pero siempre desde la seguridad de la butaca del cine o del sillón de casa. Pero no es el mismo miedo. Eso es usar el miedo para generar endorfinas. Y no, no es lo mismo.
Pongamos un ejemplo. Si voy por la calle y veo a alguien que me quiere atacar, yo que nunca me he caracterizado por una genética valiente, tendré miedo. Eso preparará todo mi sistema esquelético y muscular para huir. Y sí, tendré miedo, pero me servirá para concentrar todos mis recursos en la huida, o en el caso de los más valientes, para afrontar el peligro con las máximas posibilidades de éxito.
La pregunta que nos podemos hacer es: ¿Existe algo peor que el miedo?
La respuesta es sí. Podemos tener miedo al miedo. ¿Esto que significa? ¿Se le ha ido la olla al psicólogo? No. En ocasiones dejamos que nos dominen las emociones secundarias, y eso no mueve a ninguna conducta, sino que bloquea cualquier posibilidad de reacción. Cuando dejamos que nos domine el miedo al miedo, estamos angustiados, dedicando todos nuestros recursos a la detección de cualquier "peligro" potencial que nos pueda asustar.
¿Cúal es la paradoja de esta situación? Que como lo que estamos buscando es indicadores de miedo, sólo vemos posibilidades de miedo en todo momento. Y conseguimos lo contrario de lo que nos proponíamos, nunca estaremos tranquilos porque siempre existe la posibilidad de que algo sea potencialmente peligroso en un futuro próximo o lejano. Y la duda es cruel, duele y no deja vivir.
¿Cómo se hace para vivir sin miedo? Esta es una pregunta muy habitual, casi podríamos decir que es la pregunta, el anhelo de la mayoría de nosotros. Incluso muchos lo refieren como "la gestión de la incertidumbre".
Una de las cosas que más me ha llamado la atención de las personas que viven con este miedo, es que la mayoría son personas luchadoras, que no se esconden ante los problemas, que se enfrentan a las crisis cuando estas llegan con la mejor actitud posible, que fracasan, pero que después del fracaso nunca pueden decir que no lo intentaron lo suficiente, y además, aprenden del error. ¿Por qué se han pre-ocupado tanto? Porque se olvidaron de su principal virtud. Que no se esconden ante los problemas. Y es simplemente eso, no hay que preocuparse tanto y hay que saber ocuparse más.
Pongamos un ejemplo. Si voy por la calle y veo a alguien que me quiere atacar, yo que nunca me he caracterizado por una genética valiente, tendré miedo. Eso preparará todo mi sistema esquelético y muscular para huir. Y sí, tendré miedo, pero me servirá para concentrar todos mis recursos en la huida, o en el caso de los más valientes, para afrontar el peligro con las máximas posibilidades de éxito.
La pregunta que nos podemos hacer es: ¿Existe algo peor que el miedo?
La respuesta es sí. Podemos tener miedo al miedo. ¿Esto que significa? ¿Se le ha ido la olla al psicólogo? No. En ocasiones dejamos que nos dominen las emociones secundarias, y eso no mueve a ninguna conducta, sino que bloquea cualquier posibilidad de reacción. Cuando dejamos que nos domine el miedo al miedo, estamos angustiados, dedicando todos nuestros recursos a la detección de cualquier "peligro" potencial que nos pueda asustar.
¿Cúal es la paradoja de esta situación? Que como lo que estamos buscando es indicadores de miedo, sólo vemos posibilidades de miedo en todo momento. Y conseguimos lo contrario de lo que nos proponíamos, nunca estaremos tranquilos porque siempre existe la posibilidad de que algo sea potencialmente peligroso en un futuro próximo o lejano. Y la duda es cruel, duele y no deja vivir.
¿Cómo se hace para vivir sin miedo? Esta es una pregunta muy habitual, casi podríamos decir que es la pregunta, el anhelo de la mayoría de nosotros. Incluso muchos lo refieren como "la gestión de la incertidumbre".
Una de las cosas que más me ha llamado la atención de las personas que viven con este miedo, es que la mayoría son personas luchadoras, que no se esconden ante los problemas, que se enfrentan a las crisis cuando estas llegan con la mejor actitud posible, que fracasan, pero que después del fracaso nunca pueden decir que no lo intentaron lo suficiente, y además, aprenden del error. ¿Por qué se han pre-ocupado tanto? Porque se olvidaron de su principal virtud. Que no se esconden ante los problemas. Y es simplemente eso, no hay que preocuparse tanto y hay que saber ocuparse más.
miércoles, 16 de junio de 2010
Beber cianuro
- La odio. No puedo evitarlo. Le deseo lo peor.- Vale, pero, ¿te ha sido útil?
- No puedo evitarlo. Me paso el día pensando en como fastidiarla, no haré nada, pero el deseo de verla pasarlo mal me inunda.
- Pero no parece que dejarte llevar por esta emoción te esté sirviendo...
- ¡Y qué quieres que haga!
- ... más bien parece que te está haciendo mucho daño.
- Sí, pero no lo puedo evitar. Me paso las horas dándole vueltas a la cabeza, maquinando cosas, pero no hago nada, sólo sufro.
- ¿Qué pasaría si las hicieses?
- No puedo hacerlas, ¡no soy esa clase de personas!
- Entonces sólo te quedas en un resentimiento interno...
- Correcto. Y no me deja vivir.
- No me extraña. Vivir en el resentimiento es una de las cosas más estúpidas que se puede hacer.
- No es algo que yo elija.
- Puede que no lo elijas conscientemente, pero seguro que inconscientemente como mínimo sí.
- Ya, siempre el inconsciente...
- Mira, planteátelo de esta manera y dime qué te parece. Vivir anclado en el resentimiento hacia alguien es como beberte un vaso de cianuro y esperar que sea el otro el que muera.
martes, 8 de diciembre de 2009
La gestión del pánico
- No pude hacerlo. Quisiera morirme, pero no pude hacerlo. Me bloqueé, el pánico me superó y me rendí. Lo peor es que no puedo quitármelo de la cabeza y me atormenta.
- No es malo sucumbir al pánico alguna vez.
- Sí que lo es cuando te has estado preparando constantemente para esto. No sé si volveré a tener otra posibilidad de que confíen en mi.
- Eso depende de la relación que tengas con los que te tutorizan. ¿Es buena?
- Es excelente. Siento que les he fallado.
- ¿Te habían presionado para que acertases?
- No.
- ¿Te han dicho que les has fallado?
- Tampoco.
- Entonces deja que ellos te comuniquen sus sentimientos, no los pongas tú en la boca.
- Da igual, de todas formas siento que nunca llegaré a vivir de ello.
- ¿Y eso?
- Sólo los mediocres se bloquean ante las oportunidades, los que llegan, las aprovechan.
- Siempre y cuando sepas distinguir las oportunidades.
- Yo sé que la he perdido. No te recrees...
- ¿Y la de ahora? ¿No la has visto? No hay peor oportunidad perdida que aquella de la que no eres consciente siquiera.
- ¿Qué oportunidad estoy perdiendo ahora?
- Mira, cuando tenía más o menos tu edad realizaba mis prácticas en el CAS. Empecé por hacer fichas de entrada supervisado por mi tutora, hice de coterapeuta silencioso de todos los profesionales del Centro, y cuando ya llevaba más de un año de aprendizaje, mi tutora me dijo que cambiaríamos los papeles. Ella haría de coterapeuta silenciosa y yo llevaría el caso. Se apoderó de mi el pánico, fue una sensación desagradable que me bloqueó y que me hizo decir que no. Ella insistió. Reconoció que era normal estar nervioso pero siguió adelante. Cuando se levantó para hacer pasar a la visita, le amenacé.
- ¿A tu tutora?
- Sí. Le dije que no me sentía preparado en absoluto, y que si seguía adelante, me iría y lo llevaría ella sola.
- ¿Y qué pasó?
- Supongo que entendió mi pánico y dio marcha atrás. Hicimos lo de siempre. Al día siguiente estaba con la coordinadora del centro y me dijo que mi tutora le había comentado el incidente. Evidentemente yo le dí todas las argumentaciones posibles que se me ocurrieron para tapar mi vergüenza, y ella las escuchó pacientemente y con atención. Al finalizar me dijo algo que me hizo dar cuenta que había algo que todavía no había aprendido.
- ¿Qué te dijo?
- "Bueno, nunca podrás decir que no te dimos una oportunidad de ser psicólogo".
- ¿Y?
- Aprendí que me había fallado a mi mismo y que debía ser indulgente para aprender que me puedo equivocar. Desde entonces dije a todo que sí, luego me daba permiso para sentir pánico.
- No es malo sucumbir al pánico alguna vez.
- Sí que lo es cuando te has estado preparando constantemente para esto. No sé si volveré a tener otra posibilidad de que confíen en mi.
- Eso depende de la relación que tengas con los que te tutorizan. ¿Es buena?
- Es excelente. Siento que les he fallado.
- ¿Te habían presionado para que acertases?
- No.
- ¿Te han dicho que les has fallado?
- Tampoco.
- Entonces deja que ellos te comuniquen sus sentimientos, no los pongas tú en la boca.
- Da igual, de todas formas siento que nunca llegaré a vivir de ello.
- ¿Y eso?
- Sólo los mediocres se bloquean ante las oportunidades, los que llegan, las aprovechan.
- Siempre y cuando sepas distinguir las oportunidades.
- Yo sé que la he perdido. No te recrees...
- ¿Y la de ahora? ¿No la has visto? No hay peor oportunidad perdida que aquella de la que no eres consciente siquiera.
- ¿Qué oportunidad estoy perdiendo ahora?
- Mira, cuando tenía más o menos tu edad realizaba mis prácticas en el CAS. Empecé por hacer fichas de entrada supervisado por mi tutora, hice de coterapeuta silencioso de todos los profesionales del Centro, y cuando ya llevaba más de un año de aprendizaje, mi tutora me dijo que cambiaríamos los papeles. Ella haría de coterapeuta silenciosa y yo llevaría el caso. Se apoderó de mi el pánico, fue una sensación desagradable que me bloqueó y que me hizo decir que no. Ella insistió. Reconoció que era normal estar nervioso pero siguió adelante. Cuando se levantó para hacer pasar a la visita, le amenacé.
- ¿A tu tutora?
- Sí. Le dije que no me sentía preparado en absoluto, y que si seguía adelante, me iría y lo llevaría ella sola.
- ¿Y qué pasó?
- Supongo que entendió mi pánico y dio marcha atrás. Hicimos lo de siempre. Al día siguiente estaba con la coordinadora del centro y me dijo que mi tutora le había comentado el incidente. Evidentemente yo le dí todas las argumentaciones posibles que se me ocurrieron para tapar mi vergüenza, y ella las escuchó pacientemente y con atención. Al finalizar me dijo algo que me hizo dar cuenta que había algo que todavía no había aprendido.
- ¿Qué te dijo?
- "Bueno, nunca podrás decir que no te dimos una oportunidad de ser psicólogo".
- ¿Y?
- Aprendí que me había fallado a mi mismo y que debía ser indulgente para aprender que me puedo equivocar. Desde entonces dije a todo que sí, luego me daba permiso para sentir pánico.
miércoles, 22 de julio de 2009
Per Donar
La gran mayoría de los conflictos interpersonales que mantenemos activos en nuestra vida vienen dados por el hecho de no dominar correctamente el lenguaje que utilizamos. Esto siempre tiene implicaciones mucho más profundas de lo que creemos. Somos lo que decimos.
De todos los conflictos que podemos mantener a lo largo de nuestra vida, los más sangrantes son los que hacen referencia a la culpa y al perdón.
Esto ocurre porque las personas somos seres sociales, necesitamos interrelacionarnos continuamente para construir nuestra realidad social. Cuando estas interacciones no son satisfactorias siempre planea la sombra del dolor y de la culpa, ya que por muy bienintencionados que seamos, siempre podemos equivocarnos.
La culpa es una emoción que aparece cuando reconocemos un mal que hemos realizado a otra persona, moviéndonos a reparar este daño para reestablecer el orden anterior y evitar nuevos conflictos.
Pero en muchos casos, a la mayoría de nosotros, la culpa nos invade como una enfermedad emocional intolerable, que nos lleva a reaccionar de manera inmediata para buscar la manera más rápida y accesible de dejar de sentirla. En el mejor de los casos reconocemos que nos sentimos culpables y explicamos la intención con la que actuamos para que el otro pueda tener una información más completa de lo sucedido. Pero en muchos casos también hacemos una pregunta de manera inmediata: "¿Me perdonas?"
Pero, ¿sabemos realmente lo que significa la palabra perdonar? Si analizamos la palabra separando el prefijo de la ráiz obtendremos:
Pero claro, nos olvidamos que el perdón es otorgado por la persona dolida, y que para que ese perdón sea con todas las consecuencias lo ha de hacer de una manera consciente, valorando los pros y los contras de manera que le permita cerrar de manera coherente su dolor (producto de la herida que le hemos inflingido).
Pero, ¿permitimos que la persona herida/dolida haga su proceso y tome una decisión? ¿o la presionamos para que nos perdone? ¿Pedimos perdón o lo exigimos?... ya que si exigimos perdón a una persona que hemos herido, ¿no la estamos revictimizando?
De todos los conflictos que podemos mantener a lo largo de nuestra vida, los más sangrantes son los que hacen referencia a la culpa y al perdón.
Esto ocurre porque las personas somos seres sociales, necesitamos interrelacionarnos continuamente para construir nuestra realidad social. Cuando estas interacciones no son satisfactorias siempre planea la sombra del dolor y de la culpa, ya que por muy bienintencionados que seamos, siempre podemos equivocarnos.
La culpa es una emoción que aparece cuando reconocemos un mal que hemos realizado a otra persona, moviéndonos a reparar este daño para reestablecer el orden anterior y evitar nuevos conflictos.
Pero en muchos casos, a la mayoría de nosotros, la culpa nos invade como una enfermedad emocional intolerable, que nos lleva a reaccionar de manera inmediata para buscar la manera más rápida y accesible de dejar de sentirla. En el mejor de los casos reconocemos que nos sentimos culpables y explicamos la intención con la que actuamos para que el otro pueda tener una información más completa de lo sucedido. Pero en muchos casos también hacemos una pregunta de manera inmediata: "¿Me perdonas?"
Pero, ¿sabemos realmente lo que significa la palabra perdonar? Si analizamos la palabra separando el prefijo de la ráiz obtendremos:
PER - DONAR
O sea, significa "por dado", o por entregado.Pero claro, nos olvidamos que el perdón es otorgado por la persona dolida, y que para que ese perdón sea con todas las consecuencias lo ha de hacer de una manera consciente, valorando los pros y los contras de manera que le permita cerrar de manera coherente su dolor (producto de la herida que le hemos inflingido).
Pero, ¿permitimos que la persona herida/dolida haga su proceso y tome una decisión? ¿o la presionamos para que nos perdone? ¿Pedimos perdón o lo exigimos?... ya que si exigimos perdón a una persona que hemos herido, ¿no la estamos revictimizando?
jueves, 14 de mayo de 2009
La rabia y la gasolina
Hay ocasiones en que lo mejor que se puede hacer es no complicar las cosas. En aquellas situaciones en las que hagas lo que hagas no tienes ninguna manera de conseguir algo bueno lo mejor que se puede hacer es no empeorarlo, y esto, que parece una perogrullada es una de las principales discapacidades que tenemos. Tal vez sea que nos hemos acostumbrado a que, en los últimos años, tengamos un control total sobre nuestro entorno.Entonces ocurre algo que nos resulta inesperado, que nos sorprende desagradablemente, y queremos retomar el control de la situación de manera rápida, inmediata, y esta presión nos lleva a hacer algo que no hemos valorado convenientemente y que, por lo general, provoca nuevos problemas que anteriormente no teníamos. Y luego sólo nos queda lamentarnos.
Ya dije en una entrada anterior que sólo hay dos tipos de personas, los toros y los toreros. Pues bien, cuando uno sabe que es un toro, su responsabilidad es no embestir al capote que le pone el torero, puesto que siempre es el toro el que se juega más, ya que no tiene servicio de urgencias por si es herido.
La rabia es la emoción que nos facilita la energía necesaria para defendernos cuando nos sentimos atacados, pero hay que canalizarla y usarla con acierto, puesto que puede ser como un boomerang y volvernos con más potencia, y seguramente esto es algo que, inicialmente, no teníamos previsto. Y lamentarse después nunca compensa.
En ocasiones la mejor opción es dejar que el fuego se extinga si lo único que tienes a mano es un bidón de gasolina.
jueves, 20 de noviembre de 2008
Rabia

La rabia es una de las emociones básicas, tal vez una de las que identificamos más rápido y para la que posiblemente tenemos mayor número de adjetivos que describen en qué grado estamos rabiosos.
Su función es básicamente prepararnos para dar una respuesta conductual de defensa o ataque, según sea el caso, defendiendo nuestra integridad (física, emocional, moral, etc) o nuestros intereses (tanto familiares como económicos).
Es una emoción fácilmente reconocible, y parece que es una de las emociones que más problemas produce socialmente, ya que en ningún momento de nuestro proceso de socialización se nos enseña a canalizarla y modularla de una manera eficiente para conseguir una expresión eficaz y que no comporte problemas secundarios.
¿Y cuáles son estos problemas secundarios? Los podríamos dividir en dos grupos. En el primer grupo tendríamos aquellos relacionados con el exceso y en el otro los relacionados con el defecto. En el primer grupo tenemos a aquellas personas que utilizan esta emoción constantemente, de una manera secundaria, esto es, la expresión de la rabia es como respuesta a otra emoción sentida previamente. Así, tenemos personas que se muestran rabiosos/as por sentir miedo, por sentir culpa, por sentir vergüenza, etc. Podríamos decir que la rabia es la emoción con la que se sienten más cómodos. El problema es que no son conscientes de ello y no pueden entender la respuesta de los demás, entrando finalmente en espirales destructivas.
El segundo grupo es el de aquellas personas que no se sienten capaces de construir ninguna conducta basada en la rabia, de manera que la subliman de alguna manera que han aprendido y que les comporta mucho sufrimiento a medio y largo plazo. Generalmente las manifestaciones suelen ser psicosomáticas, como molestias del aparato digestivo (tragan mucho) de la musculatura y los huesos de la espalda (son pilares) o cefaleas (piensan y controlan demasiado). Cuando se muestran rabiosos es después de mucha presión y es una respuesta de descontrol, y la vivencia de ello es muy negativa, generalmente se sienten "culpables de haberse enfadado", y si la persona sobre la que se han enfadado es manipuladora, conseguirá ahondar más en su sufrimiento. Es algo que, lamentablemente, ocurre en las relaciones de pareja con demasiada frecuencia.
Una de las mejores maneras de aprender a canalizar y expresar adecuadamente la rabia es a través de la escritura, favoreciendo una revisión de nuestros prejuicios, de nuestros miedos y permitiéndonos construir planteamientos más estratégicos y más favorables.
Pero, también podemos aprender a legitimar nuestra rabia, a permitirnos sentirnos así, incluso en aquellos casos en los que quizás no tengamos razón. Ya que de los errores también podemos aprender a modular nuestras emociones.
domingo, 26 de octubre de 2008
Envidia
La envidia es una emoción. Eso es lo primero que hay que tener en cuenta. Por tanto, tiene una función, nos permite determinar un objetivo que deseamos conseguir.El problema que tenemos con la envidia radica en una confusión, con una fuerte carga moral y que hemos intentado solucionar creando una nueva figura, la "envidia sana". Como en todas las cosas de la vida, cuando se intenta arreglar algo que ya funciona bien, se acaba estropeando del todo.
La envidia es sana por definición, porque no la padecen personas enfermas, alteradas o disfuncionales, la envidia está en el paquete de emociones con el que nacemos todos. Lo que la puede llegar a hacer insana es la forma en que nosotros la gestionamos, como canalizamos la energía necesaria para conseguir el objetivo que nos marca.
Hay personas que la canalización de esta energía es pasiva, negando la necesidad de conseguir lo que se envidia y traslandándola a la rabia, el rencor y/o la agresión más o menos indirecta, quedándose atada a la emoción, y por tanto sufriéndola y no consiguiendo lo que se desea. Vamos que sufre dos veces.
Creo que seré más claro con un ejemplo: Dos amigos quedan un día. Uno de ellos está exultante, ha conseguido un buen puesto de trabajo y ve su futuro a medio y largo plazo resuelto. El otro busca un trabajo de similares caracterísiticas pero todo son negativas. Cuando el otro le explica lo contento que está y el motivo, le dice:

- Jóder, ¡qué envidia me das!
- Hombre, ¿envidia?, no fastidies, te tenía por un buen amigo.- No, no, no te deseo ningún mal, sólo me da envidia lo que tú has conseguido, ¡ya lo quisiera para mi! pero no deseo que te vaya mal ni que te pase nada malo. Pero si pudiese me cambiaría por ti.
Desde luego la respuesta es bastante diferente a si le hubiese dicho "ojalá te despidan en dos meses", o cualquier otra lindeza. Es más sano y más práctico pensar en que puedo hacer yo, de manera consciente, estratégica y activa para conseguir eso que ha conseguido el otro y que yo deseo.
Pero si todos lográsemos hacer esto, el mundo sería perfecto, ¿y tendría gracia vivir en un mundo perfecto?...
lunes, 1 de septiembre de 2008
El 7º sentido
Todos conocemos los cinco sentidos: vista, oído, tacto, olfato y gusto. Sirven para interpretar y canalizar la información del medio exterior en el que nos situamos y dependiendo de la información que obtengamos a través de ellos organizaremos nuestra conducta. Por ejemplo, si vemos un peligro, huiremos, si probamos una sustancia dulce la ingeriremos y si es amarga tenderemos a no hacerlo (probabilidad de que sea venenosa).
Pero, ¿son estos los únicos sentidos que tenemos? Ya que si nos fijamos tenemos dos canales de información más, posiblemente los más importantes, y pese a ello son los más ignorados por la mayoría de personas.
El sexto sentido hace referencia a la información propioceptiva, esto es, lo que los informáticos denominarían la información del sistema. Hace referencia a la información visceral, muscular, etc, importante porque nos señala en qué estado se encuentra el cuerpo del que disponemos para relacionarse con el medio. Muchas de las patologías psicosomáticas se podrían evitar atendiendo a esta información, bajando el ritmo ante los primeros sintomas de dolor de cabeza (no es necesario llegar a la migraña), o ante los primeros episodios de acidez estomacal (y así evitamos las úlceras), etc.
El séptimo sentido es, aún si cabe más ignorado todavía. Ignorado por toda la humanidad en conjunto, puesto que como especie (o lo que seamos) nos hemos centrado más en desarrollar la razón. Efectivamente, me refiero a las emociones.
Etimológicamente emoción significa "impulso que induce a la acción". Este impulso, no nos engañemos, es información, y en base a esa información organizaremos nuestra conducta. Si tenemos miedo huiremos, si sentimos vergüenza nos aislaremos, si nos sentimos culpables por alguna acción intentaremos repararla, etc.
Las emociones se encuentran en el llamado cerebro reptiliano, esto es, aquella parte del cerebro que es común, en estructuras, a los reptiles. Pero la evolución ha hecho que el homo sapiens sapiens haya desarrollado desproporcionalmente la razón, de manera que hoy día estamos equipados con una potente estructura lógica, pero no hemos trabajado las emociones que vivimos. Así, muchas de las decisiones que tomamos las intentamos razonar sobre motivos emocionales que no entendemos y que en la mayoría de casos tememos.
Un sencillo ejemplo de esto lo encontraremos en cualquier charla coloquial, dos personas se encuentran, pueden hablar horas sobre sucesos, analizarlos, discutirlos, contrastarlos e incluso realizar comparaciones metafóricas para obtener nuevos puntos de vista. Pero cuando se pregunten qué tal, el que tenga problemas se limitará a decir "mal". Y lo más probable es que el otro asienta, dando a entender que entiende, ¿pero cómo puede ser que entienda con las infinitas posibilidades no enumeradas de emociones "negativas" vinculadas a la palabra "mal"? Como si vivir la culpa fuese similar a vivir la rabia...
Lo curioso del tema es que mucha gente está más preocupada por buscar "sentidos mágicos" que por analizar, entender y disfrutar los que ya tiene.
Para más información sobre las emociones, aquí tenéis lo que dice la wikipedia.
Pero, ¿son estos los únicos sentidos que tenemos? Ya que si nos fijamos tenemos dos canales de información más, posiblemente los más importantes, y pese a ello son los más ignorados por la mayoría de personas.
El sexto sentido hace referencia a la información propioceptiva, esto es, lo que los informáticos denominarían la información del sistema. Hace referencia a la información visceral, muscular, etc, importante porque nos señala en qué estado se encuentra el cuerpo del que disponemos para relacionarse con el medio. Muchas de las patologías psicosomáticas se podrían evitar atendiendo a esta información, bajando el ritmo ante los primeros sintomas de dolor de cabeza (no es necesario llegar a la migraña), o ante los primeros episodios de acidez estomacal (y así evitamos las úlceras), etc.
El séptimo sentido es, aún si cabe más ignorado todavía. Ignorado por toda la humanidad en conjunto, puesto que como especie (o lo que seamos) nos hemos centrado más en desarrollar la razón. Efectivamente, me refiero a las emociones.
Etimológicamente emoción significa "impulso que induce a la acción". Este impulso, no nos engañemos, es información, y en base a esa información organizaremos nuestra conducta. Si tenemos miedo huiremos, si sentimos vergüenza nos aislaremos, si nos sentimos culpables por alguna acción intentaremos repararla, etc.
Las emociones se encuentran en el llamado cerebro reptiliano, esto es, aquella parte del cerebro que es común, en estructuras, a los reptiles. Pero la evolución ha hecho que el homo sapiens sapiens haya desarrollado desproporcionalmente la razón, de manera que hoy día estamos equipados con una potente estructura lógica, pero no hemos trabajado las emociones que vivimos. Así, muchas de las decisiones que tomamos las intentamos razonar sobre motivos emocionales que no entendemos y que en la mayoría de casos tememos.
Un sencillo ejemplo de esto lo encontraremos en cualquier charla coloquial, dos personas se encuentran, pueden hablar horas sobre sucesos, analizarlos, discutirlos, contrastarlos e incluso realizar comparaciones metafóricas para obtener nuevos puntos de vista. Pero cuando se pregunten qué tal, el que tenga problemas se limitará a decir "mal". Y lo más probable es que el otro asienta, dando a entender que entiende, ¿pero cómo puede ser que entienda con las infinitas posibilidades no enumeradas de emociones "negativas" vinculadas a la palabra "mal"? Como si vivir la culpa fuese similar a vivir la rabia...
Lo curioso del tema es que mucha gente está más preocupada por buscar "sentidos mágicos" que por analizar, entender y disfrutar los que ya tiene.
Para más información sobre las emociones, aquí tenéis lo que dice la wikipedia.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




