lunes, 12 de marzo de 2018

Enamorarse de la palanca

Por más deseo puntual que pueda proporcionar un objeto, no deberíamos perder de vista cual es su verdadera función,  porque esto nos llevaría a malentendidos que generan mucho dolor, y a la larga, sufrimiento.

Tomemos por ejemplo lo que sucede con esa palanca que queremos utilizar para abrir una puerta que nos encontramos cerrada.

Es posible que el deseo de atravesar esa puerta nuble nuestro juicio y nos lleve a confundir la necesidad de usar una palanca con el deseo hacia ella misma. Necesitamos la palanca, pero no la deseamos en sí misma. Por este motivo, cuando nos aproximamos a la puerta, nuestra expresión es de felicidad, de ilusión, pero no es hacia la palanca que vamos a utilizar, no, la ilusión va dirigida a lo que vamos a conseguir usándola.


Imaginad la decepción de la palanca creyendo por un momento que estás ilusionado con ella, convencida de que la relación durará más allá del umbral crítico de esa puerta que va a abrir, o reventar. La palanca se imagina que siempre irá cogida de tu mano. Que la asirás con fuerza en agradecimiento a los servicios prestados, que descubrirás nuevas posibilidades y usos para ella, nuevas opciones que harán de vuestra vida juntos un paraíso infinito... 

Pero cuando la puerta queda abierta y la persona se enfrenta a las posibilidades que se le brindan, el agradecimiento a la palanca pasa a un segundo plano.

¿Por qué? Porque para poder explorar la nueva realidad necesita tener las manos libres, y en ese caso, la palanca es un estorbo. Así que se la deposita en el suelo con cuidado, en el mejor de los casos, y se deja para futuras puertas, pasando de la necesidad de utilizarla a la ilusión ante lo que hay más allá de la puerta.




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