viernes, 23 de noviembre de 2007

El efecto bronce


El análisis de una foto de podium de una competición deportiva suele proporcionar detalles curiosos que nos pueden llevar a reflexionar sobre cómo construimos de una manera distorsionada la realidad. Generalmente nuestra atención se dirige a la figura del vencedor que suele aparecer radiante, en ocasiones saltando y dando muestras evidentes de felicidad. Pero resulta mucho más interesante fijarse en las dos personas que le acompañan en este momento, los que han quedado segundo y tercero.
Por lo general el tercero se muestra mucho más relajado y satisfecho que el segundo. ¿Por qué? ¿Acaso no es mejor posición quedar segundo? En teoría la medalla que recibes es de plata, un metal mejor considerado que el bronce.
Parece ser que lo que ocurre es que el (o la) que ha quedado en segunda posición se compara con quien ha quedado primero, mientras que quien ha quedado en tercera posición se compara con todos los que no han conseguido medalla. Este efecto es más evidente si las dos primeras plazas se han decidido en un enfrentamiento final, y el tercero viene de derrotar al cuarto en el "partido de consolación".
¿En cuantas ocasiones nos hemos perdido disfrutar de un triunfo por creer que podía haber sido mejor? Por todo es sabido que "lo mejor es enemigo de lo bueno", o como diría Tagore "No llores por haberse puesto el sol, las lagrimas te impedirán disfrutar de las estrellas"

1 comentario:

  1. Medalla de bronce...¡Quién la pillara! :)

    Sí, es cierto que aprendemos a disfrutar poco de los pequeños o grandes logros que alcanzamos. Andamos obsesionados con ganar más y más, tener y tener...¡nada es suficiente! nos movemos en un círculo altamente competitivo. Competimos para todo: para ganar más dinero, para ser más exitosos, para comprar más cosas (o más grandes y más lujosas), para irnos de vacaciones al lugar más exótico (ya no sirve Mallorca ni las Canarias, lo siento...)
    En fin, en este mundo tan loco por los estúpidos Guiness, en los que da igual la memez por la que uno sea capaz de pasar a la historia, se hace difícil un ejercicio tan sensato como el que se propone: disfrutar de los pequeños o grandes logros, sin esperar a ser aplaudido o laureado (¡qué caray, porque yo lo valgo!)

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