domingo, 16 de diciembre de 2007

Serendipity - The power of love

Serendipity (en castellano serendipia) hace referencia a la capacidad humana de aprovechar, no conscientemente, acontecimientos casuales, y en la mayoría de casos aparentemente irrelevantes, para solucionar otros sucesos y situaciones que estamos viviendo. Por ejemplo, estoy preocupado e intentando solucionar una situación del trabajo, decido aparcarlo por un rato e irme al cine, y en la película descubro algo que me abre la mente y me da la clave.
No podemos olvidar en ningún caso que "La suerte es una oportunidad que surge y que nosotros decidimos aprovechar".
Desde hace unos días vengo haciendo referencia a las relaciones de pareja y de dependencia. Pues bien, al día siguiente de colgar el cuento de la princesa en la almena, tomé un café con una muy buena amiga que me explicó algo que le había ocurrido recientemente y que resumía muchas ideas a las que he dado vueltas en este blog. Le he pedido que redactase cómo lo vivió y, afortunadamente, ella ha accedido a compartirlo.
Sólo me queda agradecerle su valentía, generosidad y sinceridad. Y a vosotros pediros que aprovechéis su experiencia y la transforméis en vuestra suerte.

Me gustaría contaros una historia. Tan cotidiana, cómo personal; tan real cómo anónima.
Hace cosa de una mes y medio conocí a una persona. Se trataba de un chico del que ya otros me habían hablado. Podéis anticipar, haciendo uso de vuestra imaginación, que se trataba de alguien muy querido entre sus amigos, pero muy mal queriente con sus parejas. Es decir, una persona con pleno dominio de las artes de la seducción, la manipulación, la gestión del encanto personal y la comunicación. Un auténtico Don Juan de nuestros tiempos, cazador de mujeres y coleccionista de cuerpos.
La gran virtud de este chico era que sabía cómo hacerte sentir bien. Sus palabras, sus miradas, sus gestos conseguían embaucarte hasta el punto de sentirte realmente especial, de creerte realmente especial.
Por suerte, o por casualidad, al saber ya de sus hazañas con las mujeres, creí poder controlar la situación y no dejarme llevar en ningún momento por el teatro desplegado. Así que, convencida de que yo no iba a ser especial, me planteé empezar una ambivalente relación: Sólo saldría con él, jugando a sus mismas reglas.
Empecé a dejarme seducir sólo cuando me apetecía, a mostrarle lo poco que servían conmigo sus artimañas, aprendí a diferenciar cuándo hacía teatro de cuándo decía la verdad y, sobretodo, me sentí poderosa por saber que quizá él se encontraba con una rival de su nivel: yo también sabía seducir.
Al poco tiempo, me cansé de jugar. No me gustan las relaciones de pareja que se convierten en un engaño y en un intentar saber cuándo miente y cuándo no, mientras te dice en susurros que “esto es importante”. Y yo tampoco estaba dispuesta a cambiar su forma de ser. No tengo esa ambición. Ahí aparecieron las primeras dudas.
Si dejaba el juego y le proponía algo serio, estaba convencida de que él saldría corriendo. Pero si seguía jugando, la relación se establecería en base al juego, y ello significaba que al final nunca podríamos tener una relación sana.
Decidí romper el juego. Decidí dejar de tratarle cómo a un seductor (ya no le cuestionaría más sus susurros, ya no le haría ver que yo tenía el control, ya no más desconfianza encubierta con una gran sonrisa de “te he pillado”) Si seguía tratándolo cómo un niño gamberro, no le dejaba más opción que hacer gamberradas.
No sé si tuve suerte, pero la relación siguió adelante y yo empecé a preocuparme de si, ahora que le había dado un voto de confianza, era merecedor de ella. Las nuevas reglas eran intentar ver si él estaba realmente dispuesto a ir en serio, intenté ver si él quería salir conmigo y serme fiel, simplemente intenté saber qué quería él para yo poder decidir (todo esto bajo un lema que yo me repetía: “si tengo que seguir adelante, al menos saber qué quiere él para que no me haga daño”).

¡Qué ridículo me suena ahora esto!

Evidentemente, llegó otra crisis. Pasé a estar tan pendiente de cómo él vivía la relación, que se me olvidó lo más importante: YO. Dejé de darme cuenta de qué es lo que yo quería. Decidí cambiar el punto de mira y empezar a observarme. Este fue el paso realmente importante.
Ahora, en vez de pensar en cómo está él conmigo o en si le gusto o no, pienso sin hacerme daño. Ahora pienso en si él me gusta a mí, en si yo estoy tranquila con él, en si cubre mis necesidades y me da lo que yo espero de una pareja, en si me siento respetada o no. Cada día pienso, solamente, en si YO quiero seguir con él.

Y estoy descubriendo cosas realmente interesantes de mí misma…

Como dije hace unos días, creo que sobran los comentarios.

3 comentarios:

  1. Parece mentira lo que puede suponer un cambio de actitud o de visión ante una misma situación... Felicidades por haber tenido la capacidad (y la valentía de hacerlo).
    Yo he cometido este error millones de veces. Ojalá llegue el día en que pueda decir lo mismo...
    Saludos

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  2. Hace muchos años estuve "enganchada" a una relación de pareja que me tuvo cautiva. Prisionera. Fue un lapso de tiempo largo (un puñado de años) en los que mi única misión era satisfacer SUS necesidades, SUS anhelos, SUS caprichos. Fui acostumbrándome a ello, sin cuestionarme que aquello que estaba viviendo NO era una verdadera relación de pareja, puesto que no había un proyecto de vida común, ni siquiera la doble direccionalidad del que da y a la vez recibe. Había caído (como en las toxicomanías) en una triste y patética relación de dependencia. Sólo cuando dejé de dirigir mis esfuerzos hacia él y los centré en mí, fui capaz de salir de ese enfermizo circuito y VIVIR. ¡Qué bien que personas como tu puedan evitar el lamento de años perdidos!...

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  3. Sólo cuando uno es capaz de darse cuenta del valor del esfuerzo puede sacar energías para realizarlo. Es por ello que lo importante no es cuando lo hagas, sino que lo hagas, puesto que de esta manera aprendes, y no hay mejor experiencia vital que haber vivido y ser un ejemplo para los demás.
    Felicidades por vuestra valentía.

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