lunes, 6 de julio de 2009

Morderse la lengua

- Lo que más rabia me da de todo esto es que ella encima le defienda. Me parece alucinante.
- ¿Por qué? Puede ser que lo crea así.
- Eso es imposible, su argumentación es inconsistente, no tiene capacidad para defender esa postura, pero es que, además, ¡casi me parece una inmoralidad!
- Explícate. ¿Cómo puede ser inmoral tener una posición diferente de la tuya?
- Jóder, parece que te alíes con ella. Sólo me faltaba eso. ¿No se supone que este es mi espacio para poder trabajar cosas personales?¿No se supone que tú eres imparcial y que no me juzgarás?
- Qué te hace pensar que te estoy juzgando? Sólo estoy cuestionando el sentido de lo que sientes, estar rabioso no es lo mismo que aprovechar la rabia.
- Ya estamos. Vale. A ver. creo que me parece que es una inmoralidad por que sé que está defendiendo una postura en la que no cree... Se enroca en su postura y así no se puede discutir.
- ¿Y cómo llega a la posición de enroque?
Después de unos segundos de silencio contestó:
- Supongo que cuando ve que no me gana, quiero decir, que no me convence.
- Ya.- Tras unos segundos de reflexión - ¿Y esto ocurre a menudo?
- Sobre este tema siempre. Es como si todo estuviera dicho y llegamos rapido a la posición de enroque.
El terapeuta se quedo en silencio. Su expresión facial indicaba que estaba cuajando todos los datos, por lo que el cliente se mantuvo callado y observando. Pasado medio minuto le dijo:
- Esto que explicas me recuerda a lo que me pasó cuando yop estudiaba un master. Había un profesor que no se preparaba las clases y lo único que hacía era lanzar provocaciones a un determinado grupo de alumnos que tendían a enzarzarse entre sí en eternas disputas. Luego él, cuando ya casi estaba a punto de acabarse la clase lo que hacía era recoger algunas cosas de la discusión de ese grupo de alumnos y cerrar con algo que no venía a cuento con lo que se tenía que haber explicado.
- Jóder. ¿Y qué hiciste?
- Enfadarme, y mucho. Tanto, que cuando bajaba con cuatro compañeras de clase a coger el metro y o bajaba despotricando todo el camino. Pero, ¿sabes lo que más rabía me daba?
- No.
- Tres de ellas defendían al profesor y decían que eran exageraciones mías. Las discusiones se hacían más acaloradas, yo creí que de la rabia me saldría una úlcera en el estomago. La cosa se complicó tanto que a otra chica, Irene, que nunca decía nada, le confesé que no me apetecía bajar con ellas al acabar la clase. Ella me miró sonriendo y me dijo:
"- La culpa es tuya.
Yo alucinaba. Encima.¿Yo tenía la razón y era mi culpa que ellas tres se enrocasen de una manera tan estúpida? sobre todo si tenemos en cuenta que pagaban la matrícula del máster como yo.
Pero no acabó ahí la cosa:
- Eres tan salvajemente crítico que no dejas espacio a los demás para criticar, sólo pueden darte la razón. Cállate y verás como ellas dejarán sus posiciones de defensa y criticarán también.

Yo no daba crédito a lo que oía. Si ellas no eran capaces de ser críticas de alguna manera original no era culpa mía. Creo que la escuché porque siempre he tenido una gran confianza en el criterio de Irene. Así que al bajar después de otra clase de pena, estuve callado, me mordí la lengua. Durante un rato las tres chicas estaban extrañadas ante mi silencio, esperaban mi ataque contra la clase que acabábamos de padecer. Irene me miraba divertida.

-Oye, ¿qué te ha parecido la clase de hoy?

Yo contestaba con una onomatopeya, no es fácil vocalizar con la lengua entre los dientes. Y al rato volvían a preguntar de manera inmediata. Yo callado. Pero si te he de ser sincer cada vez más furioso. Esta vez con el profesor incompetente, las tres que lo defendían, con Irene por su estúpida teoría y conmigo por haberla hecho caso. Cuando ya estábamos en el metro pasó algo curioso. Una de las "defensoras" dijo:
- Si he de ser sincera empiezo a estar harta de venir cada noche a perder el tiempo con este máster.Fue como prender un reguero de pólvora. Las otras dos comenzaron a criticar y cuando llevábamos tres paradas de metro se habían puesto a criticar sin parar, al mismo nivel que lo hubiese hecho yo"

El cliente le miró sonriente y preguntó:
- ¿Qué hiciste? Te integraste en esa comida de hienas.
- Pues no, me limite a ver cómo se reparaba mi úlcera mientras disfrutaba de los insultos cada vez más hirientes de mis compañeras. Fue una gozada. Tanto, que se me pasó la parada.
El cliente miró en silencio. Luego preguntó:
- ¿Quieres decir que tengo que hacer esto?
- Lo que quiero decir es que tienes que hacer algo distinto. Recuerda que la locura es hacer siempre lo mismo esperando resultados diferentes.

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