miércoles, 12 de mayo de 2010

Como adquirir empatía

Un coleccionista de historias y anécdotas decidió emprender un viaje por las aldeas del país para ampliar su colección. Fue un viaje que le permitió aumentar su colección, ya que cada aldea, cada pueblo que visitaba le deba la oportunidad de conocer la riqueza de sus gentes.
Llegó a una pequeña aldea casi abandonada en la costa más alejada de la capital. Allí, un anciano le ofreció refugio en su casa. Después de cenar, y comentando los motivos que podían llevarle a emprender tal viaje por el mundo, el coleccionista le explicó algunas de las historias que tenía. El anciano quedó impresionado por algunas de las historias, ya que sus moralejas le parecieron fascinantes y muy instructivas. Cuando el coleccionista le pidió alguna historia local para aumentar su colección, el anciano le dijo que no había historias que hiciesen pensar como las que él le había contado. Pero el coleccionista no se dio por vencido, algunas de sus mejores historias eran fruto de haber presionado sabiamente a sus interlocutores.
Pero el anciano no parecía encontrar nada. Después un rato, el anciano recordó tres anécdotas, en todas estuvo él implicado, de dos de ellas tenía un grato recuerdo y de la otra no.
- Una vez se perdió en el monte la hija joven de uno de los vecinos del pueblo. Es resto de chicos formamos un grupo y fuimos a buscarla, prometiéndole al padre que se la traeríamos sana y salva. Estuvimos dos noches fuera, buscándola sin descanso, y cuando al final la encontramos, mantuvimos relaciones sexuales con ella como premio - explicó el anciano con una sonrisa. - Unos meses después se extravió la cabra de uno de los vecinos, y formamos el mismo grupo para buscarla, cuando la encontramos decidimos mantener relaciones sexuales con ella como premio. - De nuevo una sonrisa se dibujó en la cara del anciano.
El coleccionista no veía nada aleccionador ni que hiciera pensar en la historia de un grupo de jóvenes violadores de muchachas y cabras, y era evidente que esas dos eran las historias de las que conservaba un grato recuerdo. En su ahínco por dar oportunidades, interrumpió los agradables recuerdos del anciano para pedirle la tercera historia.
La cara del anciano se descompuso de golpe, mostró un rostro abatido y triste, propio de quien recuerda un suceso traumático y doloroso de su vida. Y dijo:
- Un día yo me perdí en el monte... y tuvieron que venir a buscarme...

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