lunes, 3 de septiembre de 2012

Amor de andar por casa

-¿Cómo te gusta estar en tu casa?
- Cómodo. Es el sitio en el que me he de sentir bien.
- Claro. ¿Lo consigues?
- Razonablemente, a parte de las discusiones con mi pareja, en casa me gusta ser yo mismo, como te he dicho, ya finjo bastante fuera, con todo el mundo.
-¿Para qué finges?
- Para evitar problemas que no me convienen
- ¿Consideras que los problemas de casa te convienen?
- ¡No! Pero me canso de fingir, cuando llego a casa me gusta relajarme.
- Claro, claro... ¿Y a tu pareja le gusta relajarse?
- Supongo que sí, claro. Ella tiene que estar todo el día trabajando.
- ¿Podemos suponer que también finge en el trabajo?
- Podemos, por supuesto.
- ¿Y cuando llegue a casa podemos suponer que desea mostrarse tal y como es?
- Claro que sí.
- Entonces sólo tenéis una solución posible a esta ecuación...
- ¿Cuál?
- La separación.
- ¡Qué! ¡Yo no quiero separarme! ¿Por qué me he de separar?
- Porque de la manera en que planteas la ecuación es la única solución posible. Los dos os esforzáis más fuera que en vuestra propia casa, y eso es una cuestión de prioridades, no se puede obligar a dos personas adultas que cambien sus prioridades...
- ¡Yo la quiero!
- Claro que sí, eso no lo pongo en duda. Mira el amor en una pareja es como el valor en un soldado, se supone. Lo que falla es el resto. Tú dices que para ti es más importante todo lo que hay fuera de tu relación de pareja que la relación en sí. Si ella piensa lo mismo, hay nada que hacer.
- No creo que ella piense lo mismo. Ella se esfuerza mucho, pero no de la manera que a mi me gustaría.
- Entonces la pregunta que nos tenemos que nos tenemos que hacer es por qué tú no te esfuerzas al mismo nivel. 
- Ya te lo he dicho...
- ¿Sí?
- ... Yo me esfuerzo fuera de la pareja, ya lo veo...

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